Para esta
entrega, ¡la sexta!!!, elegí el segundo capítulo de una de mis últimas novelas
de misterio. Una que esta tán fresca que aún no tiene ni nombre… Y que espero,
pronto esté en las librerías. Es sólo a modo de muestra y espero que te guste.
Las otras 5 entregas, están disponibles, aquí y puedes leerlas más abajo. Y si te gusta, no olvides de compartirlo en tus redes y darle “seguir” al blog... aquí a tu derecha... ese botoncito celeste...
¡Gracias!!!!
2.- Un grito en la noche
¡Otro
trueno, mucha más lluvia…! Mi pobre alma de vagabundo se sobresaltó por el
estruendo. La lluvia cae como una cascada sobre mí, tal vez sirva al menos para
limpiarme un poco la cara… Busco con los ojos un lugar donde guarecerme, pero
en aquella oscuridad no me resulta nada fácil…
La luz de un fuerte rayo recorta el perfil de una gran construcción, justo enfrente, en la esquina, luego vuelve a sumirse en la oscuridad más absoluta. Vuelve a aparecer y a desaparecer con cada fogonazo de luz, como abalanzándose hacia mí de forma casi agresiva. Mi mente aún confundida por la situación, sin embargo, reconoce la fugaz silueta.
Se trata de la antigua cisterna de la empresa de abastecimiento de agua estatal. Una enorme estructura cilíndrica de base octogonal, de unos dieciocho metros de diámetro y casi cuarenta de altura que albergaba en los últimos diez, un colosal tanque de agua que alimentaba del preciado fluido, a una vasta zona residencial. Más grande aún, se dice que en el subsuelo, un gigantesco recinto anegado servía de reserva y alimentaba de agua al tanque superior. Aseguraban los entendidos que un arroyo subterráneo alimentaba este recinto con el agua más pura de la región. En la base, dos pisos de cuatro metros libres de altura cada uno, supieron albergar en el pasado distintas actividades sociales: restoranes, salones bailables, centros cívicos…, que junto a las oficinas del ente estatal, supieron darle vida al imponente edificio que en la actualidad, y hace ya muchos años, está completamente abandonado. Para acceder a la entrada principal de esta fenomenal y solitaria estructura, emplazada en lo alto de un montículo natural en el centro de una manzana que egoístamente no comparte con ninguna otra construcción, hay que subir una escalinata de piedra de más de cuarenta escalones. La única forma de evadir tal subida es rodear la manzana, que se asemeja a un trozo de “pay de manzana” limitada por tres calles, y acceder desde el fondo donde el acceso se encuentra casi a nivel de la calle. A pié, lo que se ahorra en la escalinata se gasta en la escarpada calle lateral por lo que, conocedor del lugar como soy, jamás buscaría la segunda alternativa, más en el estado en que está la calle. Con la lluvia se vuelve resbalosa y con la pronunciada pendiente, las aguas pueden formar verdaderas riadas capaces de voltear a un hombre corpulento como yo y arrastrarlo hasta las mismísimas bocas de tormentas, algunas de ellas tan voraces como para engullírselo de un solo bocado… La escalinata tampoco es que sea muy segura, pero al menos tendré una oportunidad.
Como refugio, para un
vagabundo como yo, no existe mejor lugar que éste, abandonado pero seco y
protegido entre las decenas de recovecos que la estructura ofrece. Incluso se
puede llegar a encender una fogata sin correr demasiados riesgos, y la calidez
de la noche ha dejado lugar al frío de la tormenta. Sin embargo, no es usado
por nosotros ni por nadie desde hace tantos años ya, que sólo la memoria de los
más ancianos alcanza a recordar. Alrededor del edificio se han tejido infinidad
de historias tenebrosas, cuentos macabros y hasta alguna canción de rock
pesado, contando las terribles desgracias sufridas por aquellos imprudentes, que
haciendo oídos sordos a las leyendas y advertencias de los lugareños, osaron
aventurarse de todas formas dentro de sus muros…
Conozco
muy bien esas historias, yo mismo he inventado alguna, en esas noches de barra
y aguardiente para ganarme algún trago gratis. Pero sé que muchas son verdad y
un hilo de hielo recorre toda mi costrosa espalda cuando, mi mente aún
ensombrecida por el alcohol, toma la decisión de buscar refugio en su interior.
Le doy un último beso a mi amante de vidrio como para darme valor, y emprendo
la subida por la escarpada escalinata, completamente empapado y tiritando de
frío. El esfuerzo para alcanzar la entrada es enorme ya que llevo una cantidad
de ropa encima muy grande que mojada, significa al menos, unos treinta kilos
extra de carga. Finalmente alcanzo la cima, no sin que mis rodillas visitaran
las duras y ásperas piedras que forman las huellas de los escalones, antes de
hacerlo. En la oscuridad de la noche no alcanzo a leer la cantidad de escritos
y carteles que hay en las paredes y en el dintel de gran puerta principal,
alertando y animando a los curiosos a no ingresar en aquel edificio, al cual
sin embargo, no es difícil acceder ya que, si bien todas las ventanas han sido
tapiadas por las autoridades para evitar la violación de la propiedad, existen
varios boquetes en los muros realizados por fanáticos de las artes oscuras, que
en un pasado lejano, acostumbraban reunirse para realizar sus ritos satánicos y
convocar demonios y espíritus en pena.
Consigo
acceder a través de una ventana cuyas tablas que bloqueaban el acceso se encuentran
rotas y forman, recortadas en el marco de la ventana, una boca macabra que parece
querer tragarse a quien se atreva a aventurarse al interior. A tientas circulo
por el enorme edificio escapando del frío viento de la tormenta. Si bien he
hablado mucho sobre este lugar, nunca antes había entrado, y sin embargo siento
como si supiera exactamente a donde debo ir, como si algo me estuviera guiando
inconscientemente, y eso no deja de incomodarme. Llego por fin al gran vestíbulo
del edificio, de unos seis metros por lado y cuatro de altura. Desde allí arranca
la gran escalinata maciza, hoy completamente vandalizada pero que supo tener
sus escalones en mármol de Carrara, que lleva al gran salón circular de
edificio donde alguna vez se celebraron las fiestas más exclusivas de la
temporada estival. Pero eso fue hace muchísimos años… El espacio es muy amplio,
ocupa casi toda la planta del edificio y desde el piso hasta la base del gigantesco
tanque de agua, queda una altura libre de casi veinte metros, dejando a la vista
toda la estructura de hormigón armado del edificio: pilares, vigas, riostras,
vigas cruzadas…, una hermosa obra de ingeniería, una verdadera maraña de
elementos. Toda esta estructura queda protegida del exterior, por una cubierta de
paños de ladrillo de cerámica alternado con otros de vidrio, de forma que la
luz de los rayos que aún surcan el encapotado cielo, iluminan la estructura
enmarañada creando sombras inquietantes y tenebrosas.
Comienzo
a busca unos palos y tablas de madera vieja que encuentro tirados por ahí y
amontonándolos en una esquina del patio, realizo una pequeña fogata. Un techo
bajo el cual resguardarse, un poco de luz y un poco de calor…, ¿qué más puede
pedir una persona como yo en una noche como aquella?, sólo me falta una botella
para hacerla perfecta. Si bien la fogata calienta mis manos, no alcanzo a disfrutar
del logro conseguido. Mis ojos escudriñan la oscuridad intranquilos, mientras
la luz de los rayos dibuja extrañas sombras a mi alrededor, y el viento de la
tormenta multiplica cientos de ruidos en su interior. Parece como si el
edificio supiera de la presencia del intruso, del extraño profanador del lugar
prohibido. Y los efectos del alcohol se están esfumando de mi mente… ¡No tener
una buena botella de “güiski” para pasar el resto de la noche semiinconsciente…!
Ajeno a los miedos que ahora pueblan mi mente… Me muevo intranquilo, mirando de
un lado para el otro, mientras el temor continúa apoderándose de mi cuerpo. Todas
las historias que alguna vez escuché, también todas aquellas que yo mismo
inventé, comienzan a cobrar vida en cada destello que ingresa por los bloques
de vidrio que aún están sanos y por los huecos de los cientos que han sido
robados o destruidos.
De
pronto, un persistente golpeteo logra imponerse sobre los demás ruidos,
llamando mi atención. Al principio hago como que no lo escucho, pero el
golpeteo no cesa, parece empecinado en molestarme. ¿De dónde vendrá? ¿Por qué
no se detiene? No puedo evitarlo por siempre, no puedo hacer que no lo escucho,
que no existe… Porque sí lo oigo, sí existe, y se vuelve aún más insoportable
el quedarme sin hacer nada, sabiendo que algo, o alguien, lo está produciendo. No
me queda más remedio que enfrentarlo, si es que tengo la esperanza de pegar un
ojo, en algún momento de la noche. Seguramente sólo se trate de una tontería...
el viento moviendo rítmicamente una tabla floja de alguna tapia… Me incorporo y
me dejo guiar por el ruido. Camino lento, con cuidado y por qué no decirlo, con
miedo, viendo bien donde piso. El ruido me va guiando hacia el centro mismo del
gran patio, donde cartones viejos, botellas y mugre se amontonan desde siempre.
Parece provenir de debajo de toda esa basura así que comienzo a abrirme paso,
tirando sin ningún cuidado hacia los lados, todo lo que de allí extraigo. Solo
separo aquellas cosas que me servirán luego para alimentar el fuego. De pronto,
aparece en el suelo una puerta trampa de dos hojas de hierro herrumbrado,
pequeñas, de un metro de lado por sesenta centímetros aproximadamente… Los
golpes continúan y ya no tengo dudas de que algo está golpeando del otro lado
de la puertilla… “Seguramente sea una rata”, elije pensar mi aturdida mente,
“quizás pueda amaestrarla y así tener un compañero…, y si me da hambre, podría
comérmela…” Estiro mi mano para tomar la manija sin darme cuenta, pobre infeliz,
que el mundo a mi alrededor se ha detenido… La tormenta ya no se siente, ni la
lluvia, ni el viento, ni los truenos, ni los relámpagos… Todo se ha detenido,
como si el tiempo también se hubiera frenado. Como si el universo todo
estuviera reteniendo el aliento esperando ansioso el desenlace de ese momento
que me tiene como involuntario protagonista. Abro la puertilla…
Un
grito desgarrador atraviesa la noche tormentosa, sofocando incluso el estruendo
de los truenos y llegando casi hasta diez cuadras a la redonda, llevando un
mensaje de terror y desesperanza. Es un grito de muerte, un grito de horror. Un
grito que cala los huesos, que busca un oído donde esconderse y dar aviso… Más
tendrá que vagar por la noche sin rumbo, hasta sofocarse, ya que nadie habita
aún, los hermosos chalets del barrio.
Un
último rayo, cual carcajada de payaso macabro recorta la figura de la gran
cisterna en la oscuridad de la noche. Luego, la tormenta amaina rápidamente y
el alumbrado público parpadea un par de veces y vuelve a encenderse. Todo
vuelve a la normalidad, como si nada hubiera pasado, como si nunca hubiera
existido. Como si la muerte, en realidad, no hubiera pasado a reclamar a su víctima…
Espero que te haya gustado. Si fue así deja tu comentario, siempre es bienvenido...
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