Como lo prometido es deuda, en esta entrega dejamos de lado el género del
terror, para adentrarnos en el drama… El drama romántico si se quiere.
Desde tiempos inmemoriales el hombre se ha afanado en buscar cual es
aquella característica que mejor nos diferencia de los animales… Que no se
pueden reír, decían algunos…, que no pueden soñar, afirmaban otros… Que la
memoria, la capacidad de organizarse o el lenguaje… Pero a medida que más
sabemos de ellos, más rápido caen aquellos paradigmas que antes nos parecían indiscutibles.
Luego se dijo que lo que nos hacía diferentes, era nuestra capacidad de amar… Déjenme
decirles que yo fui testigo del desenlace de la historia que estoy por
contarles y que demuestra que los animales son capaces de grandes
demostraciones de amor…, y también, de sufrimiento…
Amor con alas.
Volaba con una
gracia indescriptible, no había en el cielo ave que surcara el firmamento como
ella lo hacía. Si hasta los grandes voladores, como las águilas, admiraban su
elegancia y llegaban a quedarse un buen rato sobrevolando en las alturas
deleitándose con el espectáculo que la bella Galadia regalaba con su vuelo
grácil, delicado y armonioso. Estábamos seguros, las aves de rapiña habían
decretado aquella zona vedada para la caza por miedo a que por error, en medio
del fervor de una cacería, ella pudiera quedar herida.
Verla cruzar el
aire con sus alas desplegadas, para recogerlas de pronto y caer en una
vertiginosa picada sobre los árboles atravesando el follaje frondoso y verde,
apenas esquivando sus ramas y provocando un torbellino de hojas esmeralda tras
su paso, dando giros imposibles y haciendo piruetas increíbles con el cielo
azul como telón de fondo bastaba para que todos los machos de la bandada
estuvieran enamorados de ella. Y yo también lo estoy…, pero con una diferencia
que no es menor…, ella me corresponde sólo a mí, y eso me convierte en el ave
más afortunada del mundo.
Nos conocemos
desde muy chicos. Nacimos en nidos contiguos y nuestras madres cuchicheaban sin
cesar. Yo rompí el cascarón semanas antes y la ayudé a romper el suyo al ver
que todos sus hermanos piaban ya por alimento y ella aún no daba muestras de salir
del suyo. Ya en ese momento me deslumbró la belleza de sus ojos, claros como el
cielo durante el amanecer, delicados como las nubes de la primavera y con unas
pestañas tan largas... Incluso ayudé a alimentarla a pesar de que no había
pulido aún mis artes de vuelo, artes debo decirlo, en las que nunca me destaqué
especialmente…
Desde el primer
día mostró un interés muy evidente en las habilidades del vuelo y se pasaba
horas mirando cómo lo hacían los adultos. Yo aprovechaba mi mayoría intentando
impresionarla con mis conocimientos superiores pero sólo alcanzaba a hacerla
reír con mis tropezones y mis aterrizajes forzosos. Incluso sus piidos de alegría
eran música celestial en mis oídos, por lo que no me molestaba que se riera de mí.
Cuando las
plumas cubrieron su cuerpo, su belleza se hizo más evidente y entonces estuvo
pronta para intentar el primer vuelo, junto a sus hermanos. En ese momento tan especial
para nosotros los pájaros, a veces nos invaden los miedos, las dudas…, pero sin
embargo ella no dudó ni un instante, y ante el estupor de sus padres, hermanos
y el mío propio, se lanzó al vacío dejándose atraer por la gravedad de la
tierra para segundos antes de estamparse contra el suelo, abrir sus gloriosas
alas y hacer un vuelo rasante contra el suelo, y comenzó a volar como si lo
hubiera hecho durante toda su aún, corta vida.
Desde entonces
no nos separamos jamás. Nadie la conoce como yo y nadie me conoce tanto como
ella. Todo me lo cuenta y no tengo secretos que ocultarle. El amor surgió
naturalmente y ya no concebimos la vida de uno sin el otro. Obviamente que mis
artes en el vuelo mejoraron y soy bueno haciéndolo, pero jamás osaría
compararme con ella, y soy el espectador mas entusiasta cuando se deja llevar
por el alma del viento. De alguna forma me siento también parte de su magia, yo
siempre la apoyé, la estimulé e incluso la aconsejé en la forma de cómo mejorar
su técnica de vuelo, aunque eso fue hace muchísimo tiempo. Ya no me siento
capacitado para criticarle nada ya que lo hace a la perfección. Mi amor por
ella crece día a día y también mi admiración, y aunque ella esté a otro nivel
sigue siendo la misma pollita que ayudé a salir del cascarón y sé que el amor
que ella siente hacia mí también se acrecienta con el tiempo. Si…, soy un ave
afortunada.
Me encanta
salir a volar junto a ella y recibir algo de la admiración que levanta en todos
lo seres vivientes que tienen la fortuna de verla, y tratamos de no alejarnos
mucho por miedo salir de la zona de veda, no sea que algún águila distraída, o
algún carancho ladino se lance tras nosotros. Además, no muy lejos, existen
nidos de hombres y sus pichones tiene la extraña costumbre de divertirse tirándonos
piedras con armas elásticas, y algunos adultos, mortales pitutos de relucientes
bastones de truenos. También están las barreras invisibles a través de los
cuales podemos ver lo que hacen dentro de sus enormes nidos geométricos, pero
que ha costado la vida de muchos hermanos y amigos que distraídos en sus vuelos
matinales, se estrellan contra estos paramentos fantasmas, imperceptibles
murallas, produciéndoles heridas mortales, o dejándolos discapacitados al
alcance de las bestias que merodean sus perfectos pero antinaturales jardines,
llenos de exóticos arbustos que en ningún otro lado había visto jamás. Son
pocos los que han logrado sobrevivir a un choque con uno de esos muros
transparentes y cuentan que son muy difíciles de distinguir, sobre todo en las
mañanas, cuando los rayos del sol por alguna causa borran los reflejos y tornan
a algunos de ellos, totalmente invisibles.
Los colores del
sol emergiendo de la tierra tiñen el cielo de magníficos colores: naranjas,
amarillos y rojos pueblan el mundo del viento, momentáneamente, para terminar
de darle paso al azul intenso de los días de verano. Y éste no es un día
normal, es un día especial…, porque en este día voy a pedirle a mi amada Galadia
que sea formalmente, mi compañera por el resto de nuestros días, hasta que la
muerte nos separe… y aún después de eso. Anoche, ¡el cielo estaba tan claro! Y
con una luna mágica y redonda como única testigo le abrí mi corazón y le
declaré mi amor eterno, y ella me correspondió con el suyo, nuestros picos se
rozaron y en un rapto de audacia me atreví a cobijarla bajo mis alas… Ya no
soporto estar lejos de ella ni un solo minuto más, formamos una unidad
biológica indivisible y cuando la dejo en el nido de sus padres por las noches
me siento desorientado hasta que a la mañana siguiente vuelvo a buscarla. ¡Va a
ser maravilloso! Finalmente, seremos uno…
-Hola amor –la
saludo al llegar a la entrada del nido paterno.
-Hola mi cielo
–me responde erizando mi corazón como sólo ella puede hacerlo.
-Hoy tengo una
sorpresa para ti –le digo.
-¿En serio? ¿Y
qué es? – exclama ella llena de alegría, llena de vida como una polluela recién
salida del cascarón. -¡Vamos dímelo, por favor!
-No te lo diré.
Es algo muy importante. Pero si me acompañas te lo mostraré.
-Bien, bien,
vamos… Llévame donde me revelarás esta incógnita. ¡Vamos, vuela! ¡Que yo te
sigo!
Por supuesto
que me salía de mis alas volar lo más rápido posible hasta donde tenía su
sorpresa preparada, sorpresa que sin embargo era a mí a quién más llenaría de
gozo y alegría… Sin embargo hago un largo rodeo antes de dirigir mi vuelo hacia
el lugar elegido, los hago para acrecentar el suspenso, para aumentar su
ansiedad, para disfrutar a pleno del momento más importante de mi vida….
En el árbol más
bello del todo el bosque, durante semanas, he construido sin que ella lo
advirtiera, el nido más hermoso que un polluelo hubiera construido jamás. En el
encuentro del tronco principal con dos firmes y estables ramas, estaba esta
hermosa obra avetectónica. Y estaba lo más alto posible dentro de los
parámetros aconsejables para un nido… cosa que desde allí mi amada tuviera la
mejor vista del bosque que se pudiera tener. Para su construcción seleccioné
especialmente cada ramita, y cada hojita que iba a formar parte de nuestro
hogar de forma que fuera firme pero a la vez suave, que nos permitiera sentir
la briza pero que nos protegiera de las tormentas, y que fuera el lugar más
acogedor del mundo para recibir a nuestros futuros polluelos… ¡Incluso elegí
algunos palitos de hermosos perfumes para que siempre hubiera aroma a lavanda,
aún a esa altura!
La alegría le
desborda de su hermosa cara y puedo ver la emoción en sus límpidos ojos. Las
plumas de sus alas tiemblan de emoción cuando bajo mi cabeza, como exigen las costumbres del cortejo avil, y extendiendo mis alas hacia atrás, comienzo mi canto
pidiendo sus alas, su corazón y jurándole mi amor eterno. Ella sabía que en
algún momento yo se lo pediría, lo había esperado por bastante tiempo y ahora
que el momento había llegado, el júbilo se apoderó de nuestras almas. Golpeó mi
cabeza suavemente con su pico en señal de aprobación y el resto del ritual
nació de lo profundo de nuestros corazones. Alzamos vuelo y ascendimos a lo más
alto del inmaculado firmamento girando frenéticamente cada uno sobre el eje del
otro… Ella lo hacía con gracia suprema, yo, como podía… Al llegar a la cúspide,
planeamos en círculos concéntricos hasta que nuestras alas se rozaron. No pude
evitar emitir un piido de emoción… ¡Y ella me correspondió con el suyo! Luego
caímos en picada recogiendo nuestras alas, formando con nuestros cuerpos una
punta de lanza perfecta que casi no ofrecía resistencia al aire. Por supuesto
que ella se me adelantó, imposible seguirle en vuelo y se introdujo cual saeta
entre lo frondoso del bosque piando de alegría. Mi corazón golpeaba con fuerza
contra mi pecho emplumado mientras desde el aire seguía la silueta de mi amada
atravesando el bosque en la mañana más feliz de mi vida. Estábamos totalmente
desbordantes de alegría, casi descontrolados…
De pronto, de entre
las copas de los árboles percibí la silueta rígida y amenazante de un nido de
hombres… Un escalofrío corrió por todo mi cuerpo erizando mis plumas mientras
el miedo se apoderaba de mi alma. Le pié inmediatamente, lo más fuerte que pude…
¡Frena…! ¡Detente…! ¡No sigas…! Pero ella no me escuchaba… Estaba demasiado extasiada
que no sabía ni para dónde iba. Entonces volé con todas mis fuerzas hacia ella,
como nunca antes lo había hecho, piando desesperadamente, y comencé a ganar
terreno…, cuando estaba casi por alcanzarla un claro se abrió en el espeso
bosque y el nido humano gigante se presentó delante de mi amada como un muro
transparente imperceptible e infranqueable…
El golpe seco
retumbó en mis oídos atravesando mi corazón como una flecha de hielo, y extendiéndose
hacia lo profundo del bosque como un eco maldito. Ella nunca se dio cuenta de
lo sucedido, venía tan feliz, tan entusiasmada que nunca se percató del enorme
vidrio que se interponía en su camino. Su cuello delicado se quebró como un
fino palillo bajo la pisada firme e implacable de un humano, provocándole una
inmediata y piadosa muerte.
-¡Nooooooooooooooooo…!
–pié desesperado ante la terrible magnitud de los que estábamos viviendo. De
mis ojos incrédulos caían gruesas lágrimas mientras mi mente comenzaba a
colapsar del dolor -¡Cómo era posible que nos estuviera pasando algo tan terrible
si apenas un momento atrás rebozábamos de alegría y felicidad? Pié muchas veces
más, abatido por la desesperación de lo inevitable, pié hasta quedar sin voz, gritando
mi dolor y llorando mi desgracia hasta que mis ojos se volvieron áridos como el
desierto.
Del nido
humano, causante de mi desgracia, emergió una pequeña niña alertada seguramente
por el fuerte impacto y al ver a mi amada tendida sin vida en el frío y duro suelo
de la vereda, corrió a llamar a su padre. A venir éste y ver la situación, tomó
con enorme delicadeza el cuerpo de mi amada y lo acercó hacia donde yo estaba.
Podría haberlo atacado, descargando así mi furia y mi odio hacia aquellos
gigantes que con sus construcciones, había arruinado nuestra vida, pero estaba
paralizado de dolor y la expresión de su cara, de sus ojos, demostraban una
profunda pena… ¡Ellos también podían sentir…! ¡Tener sentimientos! Y también estaban
tristes… Dejó a Galadia a un costado, en la fresca hierba, húmeda aún por el
rocío matinal, debajo de una gran hoja de Gomero, y se retiraron
respetuosamente. Antes de dirigirme dando pequeños saltos hacia ella, vi que la
niña se abrazaba a la pierna de su padre, estaba llorando…
Me eché al
costado del cuerpo de mi amada, la cubrí con mis alas y escondí mi cabeza bajo
su suave cuello roto. Le hablé al oído intentando reanimarla aunque ya sabía
que nunca volvería a ver a mi amor dibujando el aire con su vuelo, ya nunca
podremos recorrer los aires juntos, hacer surcos entre las suaves nubes… Ya no
tendré a quién contarle todas mis cosas… con quién compartir el resto de mi
vida. Mi amada Galadia yace muerta entre mis alas y no importa lo que haga ni
lo que diga... Ella ya no volverá.
Mis largos
piidos de tristeza alertaron al resto de los habitantes del bosque y un rato
después el lugar se encontraba lleno de aves, de distintas especies e incluso
de otros animales del bosque que venían a compartir mi pena… La mayor artista
del vuelo que la naturaleza alguna vez hubiera visto, había desaparecido.
Mi familia y
mis amigos intentaron hablar conmigo, consolarme y tal vez animarme a seguir
adelante, pero yo ya no los oía… Mi mente, colapsada de tanto dolor, se había
ido a volar el “vuelo de los idos” por cielos nunca vistos, nunca antes
surcados, junto a la que había sido mi único amor desde que tuviera conciencia.
Mi mente había decidido por mí, que no valía la pena sufrir tanto si había
otros cielos que surcar…
Llegada la
noche ya nadie quedaba junto a nosotros y mis piidos agotados apenas si podían
escucharse, y la mañana siguiente el alba despertó a los animales del bosque
con dos hijos menos, mi espíritu había decidido seguir el camino emprendido por
mi mente, tras el viaje de Galadia, la más hermosa y talentosa de todas. Ya
nunca más tocaríamos suelo, y ahora siempre juntos, nuestros espíritus
surcarían el más hermoso de los cielos, por siempre jamás…


