¡Llegamos a la séptima entrega!!! Y como el “7” es mi
número preferido, tenía algo muy importante para compartir… Pero ayer se me
cruzó esta historia… Una historia muy conmovedora y actual. Además es una
historia real, que sucede durante la presente pandemia… ¡muchas historias
increíbles van a surgir de éstos tiempos difíciles, y muchas de ellas
escribiremos, pero esta me pareció particularmente tierna, en un momento
particularmente triste. Es como un farol en medio de una calle oscura, una caricia
al corazón partido… Ni siquiera es mía. La escribí yo, pero me inspiré en las
declaraciones de un familiar de las personas involucradas. Sucedió esta semana
en Argentina y espero que te guste…
Amor eterno
Los proyectos de astronautas
entraron sin cuidado, ni paciencia, ni respeto... fastidiados y cansados seguramente,
por el incesante trajín, de muchos días sin dormir y arduo trabajo. Iban
cubiertos de pies a cabeza, con barbijo, antiparras, máscara de PVC y gorro,
cubriéndoles el rostro y la cabeza por completo. Llevaban maletines y equipos especiales
de testeo. Se autodenominaban como el “comando sanitario”
El hombre, de avanzada edad, aunque aún ágil y vital, les franqueó el paso indicándoles donde se encontraba la paciente. En el dormitorio, la mujer los esperaba ya sentada en el borde de la cama.
- ¿Cómo se siente? –se escuchó
la voz, atenuada por las capas de artilugios que cubrían la boca del hombre.
Una compañera a su lado, comenzó a abrir sus maletines y a buscar los
implementos para revisar a la mujer.
-Me siento cansada…,
con dolor de garganta y he perdido el gusto… -contestó Miriam. Claudio, su
marido, y quién les abriera la puerta, se sentó a su lado y le tomó la mano.
- ¡Aléjese! –casi que
vociferó el hombre adentro del traje. Esta vez la voz se escuchó fuerte y
clara.
-Si su mujer está
contagiada, usted no puede acercársele… -dijo un poco más suave la mujer,
igualmente vestida, mientras se acercaba con un larguísimo hisopo. Sus manos
estaban cubiertas por dos pares de guantes… -Mire hacia arriba –ordenó.
Miriam, con los ojos
invadidos por el temor, obedeció. El hisopo comenzó a entrar por una de sus fosas
nasales y aunque no pareciera posible, no se detuvo hasta ingresar
completamente. Miriam apretó los ojos en señal de desagrado. La enfermera le
entregó el hisopo a un tercer “astronauta urbano” y le tomó la fiebre. -37,5 –dijo
la mujer.
-Vamos a tener que
llevarla –dijo el primer médico.
- ¿Llevarla? –preguntó
esta vez Claudio. Ahora, la mirada de temor se había instalado en sus ojos.
-Sí, aunque no tengamos
el resultado del hisopado, es evidente que su señora está contagiada de COVID-19
-Ok. Le preparo una muda
de ropa y nos vamos.
- ¡De ninguna manera! –exclamó
en tercer ayudante. –Sólo los infectados de riesgo son hospitalizados.
Y antes de que alguno
de los “invasores espaciales” pudiera siquiera reaccionar, Claudio se acercó a
su esposa, la abrazó y le dio un generoso beso en la boca. Cuando pudieron
separarlos Claudio, con una sonrisa en los labios les dijo - ¡ya está…! si no
estaba contagiado luego de convivir más de sesenta años con esta mujer, ahora
sin dudas que lo estoy…
-Si no tiene síntomas,
no podemos llevarlo, lo siento…
Mientras Miriam era
llevada en silla de ruedas hasta la ambulancia, Claudio no dejaba de seguirlos relatando
al “comando sanitario” los síntomas que sentía…
- Escuchen: me duele
todo el cuerpo, ¡los ojos y la cabeza… también el estómago! ¡Tengo ganas de
vomitar y no puedo oler ni mis propios pedos! Estoy muy mal, tienen que
llevarme con ustedes… -pero no le hicieron caso, y tuvo que conformarse viendo
cómo, la ambulancia, se alejaba con su amor dentro.
Horas después, Miriam
estaba ya instalada, acostada en una camilla y conectada a un dispositivo
respirador y otros aparatos, en una sala con diez camas más, y al menos, otros
seis infectados. Miraba hacia la ventana, cuando alguien se le acercó y la
abrazó…
- ¡Claudio, ¿qué haces aquí?!
–dijo la mujer entre sorprendida y feliz de verlo.
-Vine a acompañarte… ¿recuerdas
los que siempre te he prometido?
- ¡Que nunca ibas a
dejarme sola…! Eres un loco… -luego sus ojos demostraron preocupación –¡pero es
peligroso, puedes contagiarte…!
- ¡Ya estoy contagiado…,
pero de amor!
- ¡Qué tonto! –luego agregó
muy seria - No quiero que te enfermes…
-Mi amor… ¿es serio
piensas que yo no pude contagiarme de ti? Si estamos todo el día juntos…
-Pero…, ¿cómo te
dejaron entrar? –preguntó Miriam, incrédula.
-Me presenté
voluntariamente y mentí en todo el cuestionario. Declaré más síntomas de los
que provoca el covid… ¡Tendrías que haberme visto fingiendo que apenas podía
respirar…! -respondió Claudio divertido, como cuando un niño hace una travesura
–¿Ves? estoy en aquella camilla de allá…
-Señor, señor… -les
llamó la atención una enfermera –no puede levantarse. Vuelva a su cama.
Pese a su pedido, no lo
dejaron cambiar lugar con los infectados contiguos a la camilla de Miriam, pero
esa noche, mientras todos dormían y las luces permanecían apagadas, una figura
se movía en las sombras… Con mucho cuidado para evitar que el enfermo se
despertara, movió la camilla vecina de la de su mujer hacia donde él tenía la
suya, y luego de acomodarla, llevó la suya al lado de la de su amor, y la puso
tan cerca como le fue posible de forma que pudiera tomar su mano.
Mayor fue la sorpresa
de Miriam y de las enfermeras, cuando a la mañana siguiente, se encontraron con
aquel panorama. Para ellas era lo mismo dónde estaba cada enfermo, por lo que,
ante el pedido de los dos pacientes, los dejaron como estaban. Los resultados
del hisopado de Miriam, dio positivo, como era de esperarse… Y el de Claudio,
también… Él también se había contagiado, y los síntomas que el día anterior él
había fingido, ahora se hacían sentir de verdad…
-Te lo dije… nunca te
voy a abandonar. Dónde tú vayas, allí iré yo también… nunca te dejaré sola…
-dijo ahora, sintiendo todo su cuerpo arder.
-Me preocupan los
chicos (¡ningunos chicos!, ya todos casados y con hijos. Pero uno nunca deja de
llamar a sus hijos, como si fueran pequeños) –dijo Miriam.
-No lo hagas, ellos
están bien. Les hablé antes de internarme y les avisé donde estábamos… Pero no
podrán visitarnos mientras estemos aquí. En unos días estaremos de vuelta
abrazándolos y besando a nuestros nietos.
-Ojalá así sea… ¡Los
extraño tanto! Desde que apareció todo este tema de la pandemia, hace ya dos
meses, apenas si los hemos visto por zoom… -dijo con tristeza. Entonces Claudio
tomó su mano con ternura, y ella la sujetó con suavidad y firmeza,
acariciándola con su dedo pulgar, con la certeza de que no soltaría aquella mano,
hasta que juntos dejaran aquel lugar.
Pasaron los días
conversando, y recordando los lindos momentos que la vida les había regalado
desde que se conocieron… Porque la vida los había unido… Si él ni siquiera
había nacido en éstas tierras generosas… Pero cuando un día saboreó, en su
tierra natal, aquellas frutas dulces, jugosas y sabrosas, como nunca antes
había probado, supo que quería vivir en el país donde éstas crecían. Preguntó
al vendedor de dónde provenían tan exquisitos frutos, y éste le respondió, “de
Argentina… vienen de Argentina. Un país generoso de Sudamérica, pegado a
Uruguay…” Entonces, supo inmediatamente que allí viviría… El destino quiso que
sus padres se mudaran justamente aquí, y él vio cómo su sueño, se cumplía antes
de lo que había imaginado. Se enamoró de Miriam en cuanto la vio y ella le hizo
un poco más difícil el camino a su corazón, pero fue y es un amor tan intenso que
se podía percibir con sólo verlos. Se casaron, y en la misma Iglesia él le prometió
que siempre estaría con ella, fuera donde fuera y que nunca la dejaría sola…
Tuvieron hijos, a
quienes criaron abrazados en ese amor que se prodigaban y luego vinieron los
nietos. Si…, habían construido una hermosa familia y habían vivido una buena vida,
con contratiempos y duros combates, como es normal en una existencia que exige luchar
por lo que uno quiere, pero afianzada en ese amor que todo lo podía…
Hablando de esos
tiempos, recordando aquellos momentos de felicidad compartidos, Miriam se quedó
dormida. Claudio la miro con ojos de amor, hasta que también él, se dejó
arrastrar a los brazos de Morfeo. La salud de ambos había empeorado con el
correr de los días. Sus manos seguían entrelazadas a pesar de la inconsciencia que
ahora compartían, como si estuvieran soldadas, como un símbolo de esa unión que
no conocía fisuras.
A la mañana siguiente,
Miriam no despertó y su respiración apenas si se podía percibir, pero su mano
seguía firmemente aferrada a la de Claudio. Él aún podía sentir el palpitar de
sus venas bajo aquella piel fina y aterciopelada. Hizo un esfuerzo por
acariciar el antebrazo de su mujer con la otra mano, y cuando alcanzó a rozarla
con la yema de sus dedos, ella abrió apenas los ojos, lo miró con infinita ternura
y sus labios dibujaron un “te amo…” detrás de la mascarilla, ya que ningún
sonido salió de su boca. “Y yo a ti, mi sol” dijo Claudio. “Me marcho…” quiso
decir ella. “No me dejes” le contestó él. “Lo siento…” terminó ella y sus ojos
se cerraron definitivamente y dejó de respirar… Claudio constató el momento exacto
de la partida de su esposa, porque en ese preciso momento, la presión de su
mano, por fin cedió… Pero no la soltó… siguió agarrándola y siguió acariciando
su antebrazo a pesar de que el dolor por el esfuerzo en su espalda, era
insoportable. Las lágrimas brotaron de sus ojos como de un manantial sagrado… Y
le murmuraba, a pesar de que ella ya no podía escucharlo, cuanto la amaba y lo
feliz que había sido a su lado… La enfermera, al verlos, se hizo eco de sus
lágrimas y se acercó piadosamente al hombre, que tozudamente, seguía susurrando
palabras de amor…
-Don Claudio –dijo suavemente,
mientras le tocaba el hombro. –Miriam se fue, ella ya no puede escucharlo…
-Ya lo sé, querida…
Sólo déjame unos minutos más con ella…
La muchacha se retiró
respetuosamente, pero se quedó mirando a corta distancia, aquella increíble
imagen de profundo amor. Cinco minutos después, el hombre seguía en aquella
incómoda posición: tomando con una mano la mano de su esposa y con la otra, con
el torso girado, acariciando su antebrazo. Las caricias cesaron en el preciso
instante en que el pitido uniforme del “monitor de signos vitales”, anunciaba
que Claudio, también había dejado esta vida…
La muchacha se acercó a
verificar sus signos vitales, sólo para constatar su fallecimiento. Las manos
seguían entrelazadas, pero cuando intentó separarlas, no pudo hacerlo. Las
enfermeras y los doctores del piso, al enterarse, se fueron arremolinando alrededor
de la pareja, sin poder contener las lágrimas ante el poder de aquel gran amor…
El imponente Santo, en
su inmaculada túnica blanca, observaba complacido la llegada de la mujer
rejuvenecida. Al caminar, se armaban volutas perfectas en el vapor cálido que
flotaba a pocos centímetros del suelo, ocultando los pies desnudos de quién
llegaba.
- ¡Bienvenida Miriam!
Te estaba esperando… -dijo el imponente
Ser con una sonrisa dibujada en su espesa barba negra.
-Hola, tú debes de ser
San Pedro, ¿verdad? –dijo como si fuera lo más natural del mundo. Ella también
llevaba puesta una túnica tan blanca que encandilaba.
-Estás en lo correcto…
-y se quedaron platicando por un rato. De pronto San Pedro le preguntó… -Él
viene contigo, ¿verdad?
Y sin voltearse a
mirar, Miriam, adivinando, preguntó –Me siguió hasta aquí, ¿verdad?
-Así parece… -contestó
el Santo divertido.
- ¿Qué haces tú aquí? –le
preguntó mientras giraba a mirarlo.
-Te lo dije…, nunca voy
a dejarte sola. No importa donde vayas, yo siempre estaré contigo… –respondió Claudio,
abrazando a su esposa. Él también vestía una túnica muy prístina, y también
estaba notablemente rejuvenecido. A medida que pasaba el tiempo, ellos, iban
rejuveneciendo cada vez más… Si ya parecían de cincuenta…
- ¿A sí? Y entonces… ¿por
qué te demoraste?
-Bueno, tú sabes cómo
soy yo…, me gusta ir tranquilo. Observando lo que sucede a mi alrededor…
-Mi viejito loco…
San Pedro miraba todo
divertido y satisfecho. ¡Disfrutaba tanto cuando las almas buenas llegaban al
cielo!
-Bien, cuando quieran,
pueden pasar al cielo –indicó el Santo –allí los esperan unos ángeles cadetes, que
los acompañarán a sus aposentos y les mostrarán los amenities. ¡Qué tengan una
feliz vida eterna…!
Claudio pasó su brazo alrededor
del cuello de Miriam y juntos atravesaron el gran portal celestial.
-Me preocupan los
chicos… (qué chicos, ni qué chicos… Si el más joven pasa ya los treinta) –dijo Claudio.
-No te preocupes… Desde
aquí los podremos cuidar mucho mejor que antes. Y ya verás… ya encontraré yo la forma
de actuar en sus vidas…
San Pedro escuchó lo que platicaban mientras se alejaban y dejó escapar una sonora carcajada…
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