Para esta entrega, ¡la sexta!!!, elegí el segundo capítulo de una de mis últimas novelas de misterio. Una que esta tán fresca que aún no tiene ni nombre… Y que espero, pronto esté en las librerías. Es sólo a modo de muestra y espero que te guste. Las otras 5 entregas, están disponibles, aquí y puedes leerlas más abajo. Y si te gusta, no olvides de compartirlo en tus redes y darle “seguir” al blog... aquí a tu derecha... ese botoncito celeste...

¡Gracias!!!!

 

 

2.- Un grito en la noche


¡Otro trueno, mucha más lluvia…! Mi pobre alma de vagabundo se sobresaltó por el estruendo. La lluvia cae como una cascada sobre mí, tal vez sirva al menos para limpiarme un poco la cara… Busco con los ojos un lugar donde guarecerme, pero en aquella oscuridad no me resulta nada fácil…

La luz de un fuerte rayo recorta el perfil de una gran construcción, justo enfrente, en la esquina, luego vuelve a sumirse en la oscuridad más absoluta. Vuelve a aparecer y a desaparecer con cada fogonazo de luz, como abalanzándose hacia mí de forma casi agresiva. Mi mente aún confundida por la situación, sin embargo, reconoce la fugaz silueta.


Se trata de la antigua cisterna de la empresa de abastecimiento de agua estatal. Una enorme estructura cilíndrica de base octogonal, de unos dieciocho metros de diámetro y casi cuarenta de altura que albergaba en los últimos diez, un colosal tanque de agua que alimentaba del preciado fluido, a una vasta zona residencial. Más grande aún, se dice que en el subsuelo, un gigantesco recinto anegado servía de reserva y alimentaba de agua al tanque superior. Aseguraban los entendidos que un arroyo subterráneo alimentaba este recinto con el agua más pura de la región. En la base, dos pisos de cuatro metros libres de altura cada uno, supieron albergar en el pasado distintas actividades sociales: restoranes, salones bailables, centros cívicos…, que junto a las oficinas del ente estatal, supieron darle vida al imponente edificio que en la actualidad, y hace ya muchos años, está completamente abandonado. Para acceder a la entrada principal de esta fenomenal y solitaria estructura, emplazada en lo alto de un montículo natural en el centro de una manzana que egoístamente no comparte con ninguna otra construcción, hay que subir una escalinata de piedra de más de cuarenta escalones. La única forma de evadir tal subida es rodear la manzana, que se asemeja a un trozo de “pay de manzana” limitada por tres calles, y acceder desde el fondo donde el acceso se encuentra casi a nivel de la calle. A pié, lo que se ahorra en la escalinata se gasta en la escarpada calle lateral por lo que, conocedor del lugar como soy, jamás buscaría la segunda alternativa, más en el estado en que está la calle. Con la lluvia se vuelve resbalosa y con la pronunciada pendiente, las aguas pueden formar verdaderas riadas capaces de voltear a un hombre corpulento como yo y arrastrarlo hasta las mismísimas bocas de tormentas, algunas de ellas tan voraces como para engullírselo de un solo bocado… La escalinata tampoco es que sea muy segura, pero al menos tendré una oportunidad.

Como refugio, para un vagabundo como yo, no existe mejor lugar que éste, abandonado pero seco y protegido entre las decenas de recovecos que la estructura ofrece. Incluso se puede llegar a encender una fogata sin correr demasiados riesgos, y la calidez de la noche ha dejado lugar al frío de la tormenta. Sin embargo, no es usado por nosotros ni por nadie desde hace tantos años ya, que sólo la memoria de los más ancianos alcanza a recordar. Alrededor del edificio se han tejido infinidad de historias tenebrosas, cuentos macabros y hasta alguna canción de rock pesado, contando las terribles desgracias sufridas por aquellos imprudentes, que haciendo oídos sordos a las leyendas y advertencias de los lugareños, osaron aventurarse de todas formas dentro de sus muros…

Conozco muy bien esas historias, yo mismo he inventado alguna, en esas noches de barra y aguardiente para ganarme algún trago gratis. Pero sé que muchas son verdad y un hilo de hielo recorre toda mi costrosa espalda cuando, mi mente aún ensombrecida por el alcohol, toma la decisión de buscar refugio en su interior. Le doy un último beso a mi amante de vidrio como para darme valor, y emprendo la subida por la escarpada escalinata, completamente empapado y tiritando de frío. El esfuerzo para alcanzar la entrada es enorme ya que llevo una cantidad de ropa encima muy grande que mojada, significa al menos, unos treinta kilos extra de carga. Finalmente alcanzo la cima, no sin que mis rodillas visitaran las duras y ásperas piedras que forman las huellas de los escalones, antes de hacerlo. En la oscuridad de la noche no alcanzo a leer la cantidad de escritos y carteles que hay en las paredes y en el dintel de gran puerta principal, alertando y animando a los curiosos a no ingresar en aquel edificio, al cual sin embargo, no es difícil acceder ya que, si bien todas las ventanas han sido tapiadas por las autoridades para evitar la violación de la propiedad, existen varios boquetes en los muros realizados por fanáticos de las artes oscuras, que en un pasado lejano, acostumbraban reunirse para realizar sus ritos satánicos y convocar demonios y espíritus en pena.

Consigo acceder a través de una ventana cuyas tablas que bloqueaban el acceso se encuentran rotas y forman, recortadas en el marco de la ventana, una boca macabra que parece querer tragarse a quien se atreva a aventurarse al interior. A tientas circulo por el enorme edificio escapando del frío viento de la tormenta. Si bien he hablado mucho sobre este lugar, nunca antes había entrado, y sin embargo siento como si supiera exactamente a donde debo ir, como si algo me estuviera guiando inconscientemente, y eso no deja de incomodarme. Llego por fin al gran vestíbulo del edificio, de unos seis metros por lado y cuatro de altura. Desde allí arranca la gran escalinata maciza, hoy completamente vandalizada pero que supo tener sus escalones en mármol de Carrara, que lleva al gran salón circular de edificio donde alguna vez se celebraron las fiestas más exclusivas de la temporada estival. Pero eso fue hace muchísimos años… El espacio es muy amplio, ocupa casi toda la planta del edificio y desde el piso hasta la base del gigantesco tanque de agua, queda una altura libre de casi veinte metros, dejando a la vista toda la estructura de hormigón armado del edificio: pilares, vigas, riostras, vigas cruzadas…, una hermosa obra de ingeniería, una verdadera maraña de elementos. Toda esta estructura queda protegida del exterior, por una cubierta de paños de ladrillo de cerámica alternado con otros de vidrio, de forma que la luz de los rayos que aún surcan el encapotado cielo, iluminan la estructura enmarañada creando sombras inquietantes y tenebrosas.

Comienzo a busca unos palos y tablas de madera vieja que encuentro tirados por ahí y amontonándolos en una esquina del patio, realizo una pequeña fogata. Un techo bajo el cual resguardarse, un poco de luz y un poco de calor…, ¿qué más puede pedir una persona como yo en una noche como aquella?, sólo me falta una botella para hacerla perfecta. Si bien la fogata calienta mis manos, no alcanzo a disfrutar del logro conseguido. Mis ojos escudriñan la oscuridad intranquilos, mientras la luz de los rayos dibuja extrañas sombras a mi alrededor, y el viento de la tormenta multiplica cientos de ruidos en su interior. Parece como si el edificio supiera de la presencia del intruso, del extraño profanador del lugar prohibido. Y los efectos del alcohol se están esfumando de mi mente… ¡No tener una buena botella de “güiski” para pasar el resto de la noche semiinconsciente…! Ajeno a los miedos que ahora pueblan mi mente… Me muevo intranquilo, mirando de un lado para el otro, mientras el temor continúa apoderándose de mi cuerpo. Todas las historias que alguna vez escuché, también todas aquellas que yo mismo inventé, comienzan a cobrar vida en cada destello que ingresa por los bloques de vidrio que aún están sanos y por los huecos de los cientos que han sido robados o destruidos.

De pronto, un persistente golpeteo logra imponerse sobre los demás ruidos, llamando mi atención. Al principio hago como que no lo escucho, pero el golpeteo no cesa, parece empecinado en molestarme. ¿De dónde vendrá? ¿Por qué no se detiene? No puedo evitarlo por siempre, no puedo hacer que no lo escucho, que no existe… Porque sí lo oigo, sí existe, y se vuelve aún más insoportable el quedarme sin hacer nada, sabiendo que algo, o alguien, lo está produciendo. No me queda más remedio que enfrentarlo, si es que tengo la esperanza de pegar un ojo, en algún momento de la noche. Seguramente sólo se trate de una tontería... el viento moviendo rítmicamente una tabla floja de alguna tapia… Me incorporo y me dejo guiar por el ruido. Camino lento, con cuidado y por qué no decirlo, con miedo, viendo bien donde piso. El ruido me va guiando hacia el centro mismo del gran patio, donde cartones viejos, botellas y mugre se amontonan desde siempre. Parece provenir de debajo de toda esa basura así que comienzo a abrirme paso, tirando sin ningún cuidado hacia los lados, todo lo que de allí extraigo. Solo separo aquellas cosas que me servirán luego para alimentar el fuego. De pronto, aparece en el suelo una puerta trampa de dos hojas de hierro herrumbrado, pequeñas, de un metro de lado por sesenta centímetros aproximadamente… Los golpes continúan y ya no tengo dudas de que algo está golpeando del otro lado de la puertilla… “Seguramente sea una rata”, elije pensar mi aturdida mente, “quizás pueda amaestrarla y así tener un compañero…, y si me da hambre, podría comérmela…” Estiro mi mano para tomar la manija sin darme cuenta, pobre infeliz, que el mundo a mi alrededor se ha detenido… La tormenta ya no se siente, ni la lluvia, ni el viento, ni los truenos, ni los relámpagos… Todo se ha detenido, como si el tiempo también se hubiera frenado. Como si el universo todo estuviera reteniendo el aliento esperando ansioso el desenlace de ese momento que me tiene como involuntario protagonista. Abro la puertilla…

 

Un grito desgarrador atraviesa la noche tormentosa, sofocando incluso el estruendo de los truenos y llegando casi hasta diez cuadras a la redonda, llevando un mensaje de terror y desesperanza. Es un grito de muerte, un grito de horror. Un grito que cala los huesos, que busca un oído donde esconderse y dar aviso… Más tendrá que vagar por la noche sin rumbo, hasta sofocarse, ya que nadie habita aún, los hermosos chalets del barrio.

Un último rayo, cual carcajada de payaso macabro recorta la figura de la gran cisterna en la oscuridad de la noche. Luego, la tormenta amaina rápidamente y el alumbrado público parpadea un par de veces y vuelve a encenderse. Todo vuelve a la normalidad, como si nada hubiera pasado, como si nunca hubiera existido. Como si la muerte, en realidad, no hubiera pasado a reclamar a su víctima…


Espero que te haya gustado. Si fue así deja tu comentario, siempre es bienvenido...

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Hace ya un mes que tomé una importante decisión… Hace un mes, tomé la determinación de ir colgando todas y cada una de mis obras, por partes, en “la nube”, como le dicen algunos al ciberespacio. Y vengo cumpliendo, a veces con algún retraso…, todas las semanas. Ya llevo cuatro cuentos “colgados”, dos de terror, un drama de amor y un cuento infantil… Y hoy estoy cumpliendo con la 5 entrega de mi arte. Y es una entrega muy especial porque se trata esta vez, del primer capítulo de mi última obra: “El Ebanista del Rey”

¡Espero que te guste!!!

  

La cena más esperada…

Hoy, enero del 2020 en algún lugar del mundo

 

El hombre se retiró un momento de lo que estaba haciendo, tomando distancia para apreciar, desde un ángulo diferente, la obra en su conjunto… Cuando uno está concentrado en los detalles, generalmente pierde de vista el conjunto y no siempre se consigue la armonía total que todo buen artista debería buscar, cuando busca trascender, si pierde de vista el conjunto.... Pero eso era algo improbable que pudiera pasarle a Ernesto…

Ernesto era el mejor ebanista de toda la ciudad, ¡qué va! de todo el país, por no decir del mundo… Un verdadero artista que lograba con perfección cualquier mueble que recibiera en encargo, aunque su especialidad eran las sillas… La madera se comportaba como la arcilla en sus manos y lograba formas increíbles y exquisitas. Volutas pronunciadas, molduras complicadísimas y grabados perfectos le habían valido una fama internacional que él no despreciaba, por el contrario, agradecía y valoraba.

Los más encumbrados hombres de la política, la industria y el comercio recurrían a él para que les fabricara sus ostentosos comedores, finísimos escritorios, elegantes aparadores y suaves respaldos de cama con vaporosos baldaquines haciendo juego con las mesas de luz. También recibía pedidos de los países limítrofes y su fama internacional era tal que no era extraño que recibiera algún encargue de algún Jeque Árabe del otro lado del mundo que mandaba a buscarlo en su avión privado.

Trabajaba sólo… no tenía ayudantes o eso era lo que él decía porque no quería que nadie supiera los secretos de su arte. Había recibido todos sus conocimientos sobre el trabajo en la madera de su padre, y éste de su abuelo que a su vez lo había recibido se su padre… Así se remontaba aquel linaje de ebanistas hasta la antigüedad, siempre pasando sus conocimientos de forma oral de generación a generación. A pesar de trabajar sólo y a puertas cerradas lo hacía con una celeridad asombrosa y nunca de atrasaba con sus entregas cuando prometía una fecha, aunque es justo decirlo, tenía tantos pedidos que había que tener mucha paciencia ya que había una demora de al menos un año… Pero valía la pena esperar.

Esta forma de trabajar, a puertas cerradas, había alimentado no pocas leyendas sobre su arte y quiénes en realidad las ejecutaban, o al menos, lo ayudaban a realizarlas. Desde duendes mágicos, pasando por pociones de súper velocidad, hasta hechizos mágicos. Muchos lo imaginaban, nadie lo sabía, pero lo cierto es que algunas de esas leyendas no distaban mucho de la realidad…

Ernesto no tenía problema en dejar entrar a clientes, amigos, e incluso curiosos, a su taller. Por el contrario los animaba a hacerlo, y disfrutaba de la expresión en la cara de quienes entraban en su particular reino. ¡Era un lugar sin duda muy asombroso! Lo primero que llamaba la atención de los ocasionales visitantes era el techo del taller… De allí colgaban decenas, tal vez cientos de esqueletos de sillas, poltronas, sitiales, que boca abajo esperaban su turno para adquirir el esplendor que aquel experto ebanista podría otorgarles.  Era un techo liviano de chapa galvanizada a dos aguas, apoyado en complicadas cerchas de madera. Era realmente una sensación extraña ver tantas armazones de sillas colgadas del techo y uno podía pasarse horas viendo y tratando de identificar, imaginar tal vez, el producto final que terminaría de cada una de aquellos proyectos de sillas. Por aquí y allá, también más allá, y aún más lejos se amontonaban tablones de madera del más disímil origen y tamaño, algunos revelaban a los visitantes la calidad de su madera por su veta suave y definida, sus colores parejos y almendrados, pero otros, mucho más rústicos, escondían sus bondades que sólo serían reveladas bajo la mano experta del artista.

Otro tema que llamaba la atención era la ausencia casi total de ventanas, salvo por un gran tragaluz cenital en la cumbrera del techo a dos aguas que dejaba entrar la luz que se filtraba como podía a través de las cientos de sillas colgantes. Todos sabían la razón de esto: el hermetismo que Ernesto buscaba cuando trabajaba…

También era muuuy extraño la ausencia absoluta de maquinaria moderna… Si parecía que para lo único que se utilizaba la electricidad en aquel taller era para alimentar las pocas bombillas de luz que diseminadas caprichosamente brindaban en los días nublados y en las noches, una luz tenue, completamente insuficiente para el tipo de trabajo que allí se realizaba. Los cientos de herramientas que prolijamente colgaban de paneles de madera junto a un gran banco de carpintero, eran muy antiguas y se notaba que habían tenido un enorme uso a través de los años. Serruchos, cepillos, cinceles, punzones, leznas y barrenas, gubias, escoplos y aplacadoras de cantos, entre una enorme variedad, daban cuenta del uso que se les daba y alimentaba las diversas leyendas sobre el trabajo y las posibles ayudas sobrenaturales que el eximio ebanista recibía para hacer todo lo que hacía. Incluso algunos colegas de Ernesto se retiraban de su taller, visiblemente molestos cuando increpaban al carpintero argumentando que de ninguna manera era posible alcanzar el nivel de maestría, que él sin duda había alcanzado, con aquellas rudimentarias herramientas. Que todo aquello no era mas que un montaje para tomarle el pelo a sus colegas, y no era extraño ver algunos visitantes buscando alguna puerta trampa misteriosa, alguna palanca escondida que abriera el paso hacia el verdadero taller secreto, del cual salían aquellos muebles que lo habían hecho tan famoso… Ernesto se percataba de todo eso, y se divertía…

Pero a la hora de trabajar, ya nadie debía de quedar en el taller y cerraba las puertas a cal y canto para que nadie viera como realizaba aquellas obras que sorprendían al mundo entero. Eran sin dudas obras que asombraban a propios y extraños, tan sólo por la perfección en el diseño y la terminación, pero también lo eran por el espíritu particular que éstas obras transmitían a quienes las usaban, y era eso, seguramente y aunque nadie lo notara explícitamente, lo que le había dado a Ernesto y todo su linaje, el enorme éxito del que habían gozado, cada uno en su propia época.

Y es que efectivamente, Ernesto y todos sus predecesores carpinteros contaban con un poder sobrenatural y mágico que transmitían a cada una de sus obras, y que éstas a su vez, transmitían a sus usuarios.

En ese momento estaba trabajando en el comedor de un acaudalado hombre de negocios. Una gran mesa con ocho sillas y dos sitiales… era una familia grande, y una excepción que no rara vez aceptaba el carpintero. A pesar de la demora que tenía para la entrega de los trabajos, cuando él consideraba que un pedido particular ameritaba una excepción, no tenía ningún problema en mechar un trabajo en la interminable lista. Extrañamente esto no provocaba que hubiera atrasos en las fechas prometidas de sus otros trabajos.

A Ernesto le gustaba conversar con sus clientes antes de aceptar un trabajo, conocerlos, sumergiste en el espíritu de su interlocutor. Conocer su carácter, qué lo hacía feliz y qué le provocaba pena. Cuáles eran sus miedos, cuáles sus certezas. Con qué soñaba en los más profundo de su ser… Y en algunas oportunidades, se negaba a la realización de algunos trabajos si consideraba que el potencial cliente no merecía poseer una de sus obras.

El cliente del gran comedor, era un hombre de unos cincuenta y pocos años de edad, casado y con ocho hijos… Una hermosa familia sin duda. ¡Un gran trabajador! Nadie le había regalado nada en toda su vida y todo lo que había logrado, que era mucho, lo había conseguido en base a su esfuerzo, trabajo y sacrificio. Había comenzado a trabajar a los catorce años y nunca había dejado de hacerlo desde entonces, y había logrado un éxito que nunca había soñado… Pero eso había tenido un costo, un costo que ahora comprendía y consideraba demasiado alto: ahora que tenía más tiempo para dedicarle a su familia, comprendía que no los conocía… Eran extraños para él. Abocado al trabajo como había estado, viajando por negocios a todas partes del mundo, había descuidado la educación y el cuidado de sus hijos, y ahora que estaban crecidos no lograba conectar con ellos. Seguramente cualquiera de sus hijos hubiera cambiado con gusto, cualquiera de aquellas comodidades y lujos que él había conseguido para ellos, por verlo aunque fuera una tarde, alentándolos durante un partido, al costado de la cancha. O un fin de semana de charla y cartas junto a la estufa en los largos inviernos. Pero no había estado ahí para ellos en esos momentos tan especiales, y se había convertido en un extraño, que llegaba tarde y cansado en las noches, y pasaba poco tiempo con ellos. Él no los culpaba, ninguno de sus hijos le había pedido nada, sólo tiempo… y fue justamente lo que nunca pudo darles. Se había perdido la mejor parte de la vida de sus hijos por perseguir sus propios sueños y ahora era demasiado tarde para recuperarlos, y eso lo entristecía…

Eran cinco varones y tres mujeres, tres de ellos ya eran estudiantes universitarios, cuatro adolescentes que cursaban el liceo en distintos grados y luego estaba Benjamín, de tan sólo nueve años, aún en la escuela. El único momento en que todos se reunían era a la hora de la cena, pero lejos de haber un ambiente de armonía y paz, era el momento en que todos discutían y se reclamaban cosas del día, cuando no estaban ensimismados en sus celulares, cual autómatas sin conciencia. A pesar de que su esposa intentaba justificar a sus hijos, él quería por todos los medios lograr un ambiente armónico con su familia y empezar a conocer de nuevo a cada uno de sus ocho hijos.

La mesa del comedor no ayudaba ya que era demasiado pequeña y eso complotaba con el buen ambiente que quería lograr, debido a que los codazos estaban a la orden del día. Por eso se decidió a encargar una mesa nueva, y como podía hacerlo, decidió contratar al mejor ebanista de la ciudad. La historia de su cliente conmovió a Ernesto que no dudó en darle prioridad y prometió el trabajo para la semana siguiente…

Usó para la gran mesa de un metro por dos cuarenta, unas tablas de roble nuevo, recién salido del secadero para que estuviera lo más virgen posible, y eligió de entre los cientos de armazones que colgaban del techo de su taller, las sillas y sitiales del mismo juego de madera clara y maleable sobre la cual aplicaría su arte en suaves molduras que transmitieran paz y sosiego. Luego las lustraría en el mismo tono de la mesa. Eran sillas muy cómodas con el asiento y parte del respaldo tapizados en tela de lino natural, de forma que nunca quisieran levantarse de la mesa, tener sobremesas interminables, y charlas divertidas que compartir entre todos. Pero no todo era elegir bien los materiales y aplicar el mejor arte del que era capaz… también tenía que transmitir el espíritu que buscaba afectara a quienes usaran esas sillas. Y eso sólo se conseguía con los poderes sobrenaturales que su padre le había transmitido y enseñado a usar. Ese era su secreto y el diferencial que le hacía, tan diferente de su competencia. Un poder que sólo él tenía en todo el mundo y que usaba sin complejos. Sentía que era un bendecido, un elegido por Dios y que no podía ser avaro en el uso de su poder. Era su deber llevar todo el bien que estaba a su alcance, a través de su arte, a cuantos pudiera.

El día prometido, el camión de Ernesto se detuvo frente a la hermosa casa de su cliente y con la ayuda de seis personas instalaron la mesa en el comedor de la casa. No había nadie en casa salvo el pequeño Benjamín y el personal de servicio que quedaron enamorados del comedor en cuanto quedó instalado. Benjamín, que era un niño hiperactivo, luego de darle la vuelta a las corridas a todo el comedor un par de veces, se sentó en una de sus sillas y como por arte de magia quedó en un estado casi de letargo por un rato…

Al día siguiente, sobre el mediodía, la mujer de Ernesto acudió a atender la puerta. Al abrir, se encontró con el cliente del comedor a quien hizo pasar hasta el taller de su esposo.

El hombre lo abrazó agradecido en cuanto entro y le contó del fabuloso momento que había pasado en familia durante la cena. De todo lo que habían conversado, de cómo habían reído, y de las cosas que sus hijas le habían contado y de las que él jamás se había enterado. Le dijo que sentía que estaba recuperando a su familia, conociéndolos a cada uno como nunca los había conocido, y que eran chicos fabulosos, tan bien educados por su esposa. Que Benjamín se había portado como todo un hombrecito, sin peleas, sin discusiones y sobre todo ¡sin celulares! Ninguno de sus hijos había amagado siquiera a sacar el celular y que algunos lo habían apagado antes de atender alguna llamada entrante de alguno de sus amigos. Se enteró de la excelente carrera que estaba desarrollando su hijo mayor al que le faltaba una sola materia para recibirse de abogado, y que una de las chicas iba en serio con su novio… ¡Era increíble! No recordaba un momento como aquel, en familia, en toda su vida. Y tenía esperanza que a partir de entonces todas las noches fueran igual de maravillosas…

Ernesto quedó agradecido por la visita y los cuentos, y fingió sorpresa ante lo que escuchaba, pero lo cierto es que sólo constataba lo que él ya sabía que iba a suceder, su magia hacía eso, su poder provocaba ese tipo de reacciones en sus clientes.

Su magia hacía eso… y mucho más.



Para esta entrega tengo un cuento para niños muy divertido!!! Me lo contó mi amiga Tita, la hormiguita, que vive en el jardín de mi casa... Ella tiene cuentos geniales y cada vez que me la encuentro me cuenta alguno. Éste es de su amigo Gus, el gusano, que parece que es muuuy friolento...

Espero que a ti también te guste!!!

Gus, el Gusano friolento…


Estábamos con Boli, mi amigo bolita, charlando tranquilamente cuando… ¡Un momento…! ¡Aclarando, aclarando! Antes de seguir es necesaria una aclaración: la palabra “gusano” normalmente se usa para describir a todos los bichos pequeños, blandos (sin huesos, si, ni uno… ¡pobres!) y sin patas, pero eso abarca a muchos bichos… y Gus no es cualquier bicho, Gus es una lombriz de tierra…

Eeeeentonces…, les decía que estábamos charlando con Boli cuando la tierra comenzó a moverse… y una montañita de tierra comenzó a emerger del suelo… Boli (que es un bicho bolita un poquito miedoso el pobre… Un poquito nomás) comenzó a gritar…

 

-¡Un volcán! ¡Está naciendo un volcán…! –gritaba descontrolado mientras corría de aquí para allá moviendo sus cinco pares de patitas muy rápido. –¡Nos vamos a morir toditos, todos achicharaditos! ¡Soy muuuuuy joven para morir…!

-¡Pero noooo, Boli! ¿Cómo va a ser un volcán? –traté de calmarlo haciéndome la que sabía, aunque nunca tuve la oportunidad de ver un volcán naciendo… ¡Es que tengo sólo 2 días de vida…! ¡O creen que los volcanes andan naciendo así como así, en cada esquina!

-¡E… eeee… estáaas segura? –me preguntó el pobre temblando aunque el temblor del suelo ya había cesado.

-Claro, ¿No ves que ya se detuvo? Y la próxima vez que entres en pánico en vez de correr alrededor del peligro intenta alejarte de él que te va a ir mejor –pero de pronto algo se movió dentro del montoncito de tierra.

-¡Empezó de nuevo! ¡Vamos todos a morir espantosamente calcinados por una enorme bola de lavaaaaaaaaa candente! ¡Buahhhhh! –volvió a entrar en pánico mientras volvía a correr alrededor del montículo… ¡Es que nunca aprenden!

-Boli… -dije cansada sin éxito. –Boliiiiii… - grité para llamar su atención.

-¡Qué! –contestó mi amigo sobresaltado.

-¡Que no es ningún volcán, es sólo una lombriz de tierra! – aclaré señalando la punta del montículo, donde emergía ya la cabeza del gusano.

-¡Ahhhh, claaaaaro! ¡Cómo no se me ocurrió pensar en esa posibilidad! –se iluminó el bicho bolita. Y es que las lombrices de tierra son muy comunes en nuestro mundo. No todos las quieren ya que andan siempre rompiéndoles los jardines al resto de los bichos, llenando el suelo de agujeros que otros tienen que rellenar…

La lombriz terminó de salir del montículo. Llevaba puesto un extraño sombrero, de la punta de la nariz emergían dos granos entre extraños y desagradables (uno verde grande y otro amarillo más pequeño) y sus ojos giraban alocadamente sin control. En ese mismo momento, me di cuenta que le faltaba una chaveta. El resto del cuerpo era bastante uniforme, aburrido si se quiere. Todas las lombrices se parecen…

 

-Hola soy Tita, y este es mi amigo Boli… -me presenté estirando la mano (gesto completamente al divino botón, como comprenderán…)

-Hoola sosoy Gus…, ¡Sisir Gus! –se presentó y enseguida comenzó a temblar de nuevo. ¡Qué cool! Se presenta como el espía este… ¡Bond! James Bond…

-¿Viene otra lombriz? –preguntó Boli al verlo temblar como una hoja.

-Nonono, sosoy yo quiquien tiembla –contestó Sisir Gus tartamudeando. –Es queque tetengo mumuuuucho fríííío!

-¿Una lombriz con frío? Nunca escuché –respondí. –Generalmente hace más frío dentro de la tierra húmeda que fuera, al menos durante el día… ¿No deberías estar acostumbrado?

-Es quequeque sisisiempre tetengo frííío… tatanto dentro cocomo fuera de lala titierra.

-¿Siempre siempre tienes frío? ¿Aún en los días soleados? –preguntó Boli interesado, que de humedad sabe un montón.

-¡Sisisiempre, sisisiempre, sisisiempre…! –se quejó el pobre mientras todo su cuerpo temblaba como un flan. Daba lástima verlo así, todo tembleque, sus ojitos se descontrolaban aún más cuando temblaba de fríííío… Pensé si podría ayudarlo de alguna manera.

-Quizás…, quizás podamos ayudarte… -se me ocurrió de repente.

-Eeeeeeso meme gugustaría mumumucho… -contestó.

 

Y enseguida mi mente comenzó a funcionar y a planificar. Enseguida le di indicaciones precisas a Boli que salió corriendo con sus 10 patitas derrapando sobre la tierra, y luego invité a Sisir Gus a que me acompañara a Villa Bicho. Cuando llegamos, ya nos estaban esperando Boli, Ara la araña y varios amigos más. Cuando les conté mi idea, ara se mostró muy dispuesta.

 

-¡Una polaina! Es muy buena idea, y yo te la puedo tejer… -dijo convencida. A todos les gustó mi idea y como la tela de Ara es muuuy pegajosa, se adherirá al cuerpo del gusano y nunca más se le saldrá… Sisir Gus estaba muuuy entusiasmado e hizo un extraño pedido.

-Popo… Popodrá seser multicocolor?

-¿Mumulticocolor? –pregunté.

-Sisisisi, mumulticocolor… Es queque meme encacantan lolos colores… ¡Y yoyo, llevo tatan pococos! –dijo tristemente. Y no le faltaba razón, salvo esos dos granos en su nariz el pobre es completamente gris… La miré a Ara subiendo los hombros.

-¡Si, claro! –contestó Ara muy entusiasmada. Y es que es una arañita muy coqueta y a la moda. Siempre vestida con lo último de lo último, combinando exquisitamente los colores. –Pero todos tendrán que ayudarme juntando hebras de tallos y flores de distintos colores…

-¡Peperfecto! Tototodos a trababajar… -exclamé molesta porque se me comenzaba a pegar el tartamudeo de Sisir Gus. Todos salieron corriendo entusiasmados en tres equipos, siguiendo las indicaciones de Ara, en busca del material para confeccionar una cálida polaina.

 

A la tarde, el taller de Ara rebozaba de hebras,  hojas y flores de muchos colores. ¡Los chicos habían hecho un muy buen trabajo! Éstas se molieron, disolvieron y filtraron para formar los distintos colores, siempre bajo la atenta supervisión de la arañita. Con estas tintas naturales finalmente teñimos una gran cantidad de hilos que Ara había fabricado especialmente para la polaina de Gus.

 

-Bien, comenzaré de inmediato –dijo Ara después de tomarle las medida a nuestro nuevo amigo (largo y diámetro, obviamente) –Si todo va bien mañana a la mañana estará pronta.

 

Llevamos entonces a Sisir y lo ubicamos en la casa de Boli, construida bajo un tronco, donde fue muy bien recibido por sus padres. Allí fue alojado en la habitación de huéspedes con la cantidad justa de humedad.

A la mañana siguiente fuimos todos hasta lo de Ara acompañando a Sisir Gus, expectantes de ver cómo había quedado la polaina. La costurera lo hizo pasar enseguida dejándonos afuera… Había que hacer ajustes, ¡así son siempre los trajes a medida!

Cuando salió, todos quedamos abrumados por los colores y la tersura del trabajo de Ara y Sisir Gus estaba radiante de alegría y ya no temblaba. Estábamos muy satisfechos, todos habíamos trabajado duro y habíamos alcanzado nuestro objetivo no sólo porque dejó de tener frío sino que además se convirtió en el gusano más colorido del mundo…

¡Qué lindo es trabajar en equipo! ¡Y qué buenos resultados se consiguen…!

 

P.D: y nos enteramos que su nombre no era Sisir y su apellido Gus, sinó que se llamaba Gus a secas y como era descendiente de la nobleza le decían “sir”, “señor”, que con su tartamudeo de frío quedó en Sisir... A los nobles les gusta que les digan “señor tal”, “señor cual”, “señor tal cual” Nosotros, le decimos Gus o Sisir (que ya le quedó de sobrenombre). Yo sólo reconozco como miembro de la realeza a la Reina de mi Hormiguero, la Reina Miga…


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