¡Otra entrega fenomenal!!! Esta vez del cuarto libro de la saga de “Los Anladuins”: La sangre del elegido. Ahora nos toca viajar a Profundis, en las profundidades insondables del océano, donde la luz del sol se desdibuja y pierde su eterna batalla con la oscuridad más absoluta… Allí donde la vida es casi improbable, sin embargo, se erige una fantástica civilización submarina. ¡Espero que les guste!!!

 

De la Saga de Los Andaluins

Libro 4to: La Sangre del Elegido

Cap. 11: El Gresco

 

…Billven caminaba por los angostos y solitarios callejones de El Gresco, el barrio bajo de Profundis. Por causa de la restricción de energía que se estaba haciendo, la mayoría de las farolas de las vías públicas se encontraban apagadas, por lo que reinaba una cierta la oscuridad, cortada solamente por algunas, ubicadas en las esquinas, y las pocas luces encendidas de algunas viviendas. En esas condiciones, a Billven le resultaba muy difícil orientarse y pronto se sintió perdido.

Había decidido ir solo a ese barrio a investigar un poco y a saludar a su coterráneo, que sabía frecuentaba aquella taberna, mientras Gol Ank Nut realizaba algunas averiguaciones. Profundis era una urbe relativamente segura, y si bien estaba en el sector más peligroso, no consideraba que pudiera correr algún riesgo. Además, él estaba acostumbrado al peligro y a nada le temía. Pero había quedado en reunirse en el destacamento de la guardia metropolitana con su amigo sirenniano más tarde, y ahora, a la luz de la nueva información obtenida, le urgía hacerlo para tomar medidas urgentes de control, en el puerto de la ciudad.

Llegar hasta allí no le sería fácil, el edificio de la guardia se encontraba en otra burbuja secundaria y se hallaba, realmente perdido.

El frío aumentaba la sensación de desolación que reinaba en las calles. Caminó por un rato, sin percatarse que era seguido de lejos, por cuatro seres de las profundidades: dos eran sirennianos, de la casa Russ y los otros dos..., sólo el Gra Ädor sabe a qué raza pertenecían.

De pronto sintió voces, y se dirigió hacia allí, pero al llegar a la esquina lo que vio, le hizo retroceder y ocultarse detrás de unos bultos: era el Capitán Nemo hablando con un Pulponio... La oscuridad le había permitido acercarse sin ser visto, y estaba lo suficientemente cerca como para escuchar la conversación.

-Tiene que ser esta misma noche –dijo el cara de tentáculos –y le extendió una bolsa llena de rubinos. 

-Pero...

 

No pudo seguir escuchando, un ruido apagado se dejó sentir a sus espaldas..., había algo moviéndose. No podía ignorarlo, tenía que ir a ver. Caminó sigilosamente, en guardia..., podía sentir el peligro. Se topó con un montículo de una especie de masa informe, aunque no podía distinguirlo. Giró rápidamente, alertado por sus instintos afinados en cientos de batallas, para encontrarse con los dos sirennianos, que ahora con todos sus terminales de luz corporal encendidos se destacaban perfectamente en medio de la oscuridad. Los gestos en sus caras y sus miradas, le revelaron que estaba en real peligro. Se preparó para enfrentarlos, cuando, el montículo con el que se había topado, y que ahora se encontraba a sus espaldas, pareció cobrar vida creciendo hasta sobrepasar la altura del hombre y se echó sobre él envolviéndolo por completo hasta hacerlo desaparecer..., como si se lo hubiera tragado...

 

La perversa figura se encontraba frente a la estufa, donde unos gruesos leños negros ardían con fuerza. Parecía que le hablaba a las llamas, que no calentaban el cuerpo pero quemaban el alma...

-Todo está saliendo según nuestros planes, Malevosidad Suprema. Pronto todos los elementos estarán reunidos y sólo quedará esperar el día indicado.

-Nada puede fallar Roggnar, sabes lo que está en juego. No te perdonaré un fracaso –dijo una voz que salía de las llamas. Al hablar se formaba en las lenguas de fuego la silueta del rostro del amo y señor del mal, y cuando dejaba de hablar desaparecía entre ellas. –Sabes lo que puedes ganar, también lo que puedes perder... No te saqué del agujero donde estabas para permitirte otro fracaso. Aún puedo enterrarte mucho más profundo.

-No fallaré, mi Malignidad Máxima. No volveré a repetir mis errores... –unos fuertes golpes en la pesada puerta le dieron al hombre una tregua de la intensa conversación.

- ¡Adelante! –vociferó.

-Pe permisooo, mi señor Perverso –dijo el hombre que golpeara la puerta. Era nuevo y había sido destacado a trabajar para Roggnar, hacía tan sólo unas horas.

-Espero que tus noticias sean buenas, lacayo... Lo espero por tu bien.

-Eso eso creo, mi...

- ¡Habla de una vez!

-La la las piedras azuzules, mi señor. Están en camino hacia aquí.

-Bien, avísame en cuanto lleguen. Ahora vete.

-Es que...

- ¡Qué! ¡Qué más!

-Ti ti tienen a Billven.

- ¿A Billven? ¡No será esta, otra falsa noticia, ¿verdad?! ¿Recuerdas lo que le pasó a tu antecesor cuando vino con la noticia de que los chicos estaban por ser eliminados y después no fue así?

-Si..., sisisi. Lo lo recuerdo pe perfectamente –y quizás nunca conseguiría olvidarlo. Roggnar lo había eliminado en frente de todos, como escarmiento para quienes le fallaban. –Pe pero ya lo verifiqué. Es...tá en manos de unos aliados a nuestra causa en Profundis...

- ¡Que maravillosa noticia! Esto no me lo esperaba... Dos golpes en uno. Finalmente, el sino parece estar de nuestra parte. Esto es un buen augurio.

- ¿Qué qué hacen con él?

- ¡Que lo eliminen, lo destruyan! ¡Que lo pulvericen...! No importa lo que hagan, pero que sufra... ¡Ahora vete! –y se acercó nuevamente a la estufa y rió - ¡Jajajajaja!

-Aún faltan los muchachos, Roggnar. Sólo cuando ellos sean eliminados estarás seguro... Sólo entonces podrás reír...

  

No fue sino hasta varias horas después, que despertó. Le dolía todo el cuerpo. No recordaba muy bien los últimos acontecimientos, pero sí que habían sido traumáticos. Trató de incorporarse, pero una bota en su pecho lo aplastó contra el piso. Era uno de los sirennianos, detrás de él estaba el otro y los dos extraños seres. Uno era una especie de masa de alquitrán con forma humanoide, pero grotesca y el otro, una especie de langosta gigante, del tamaño de un caballo.

-Finalmente ha llegado tu hora, Billven. Y no se me ocurre una muerte peor que ésta –dijo el que lo pisaba, señalando sobre su cabeza.

Billven giró y con terror vio que se encontraba al borde del abismo sin fin...

 

 El abismo sin fin... quizás el lugar más profundo de los océanos de la tierra. Tanto que ni los propios sirennianos ni otros seres abisales, se aventuran en sus profundidades. Muchas leyendas se cuentan de él y de las criaturas que habitan esas increíbles profundidades. Se dice que atraviesa a la tierra de lado a lado comunicando los dos grandes océanos, se dice que es la morada de la bestia más maléfica que surcó alguna vez la superficie de los mares: Leviatán, quién fuera vencido en feroz batalla por el Dios del mar Godýmar, y confinado en el pozo más profundo de la tierra. Mucho se dice, nada se sabe y los pocos intrépidos que se aventuraron alguna vez en sus profundidades, jamás volvieron. Lo único cierto, es la existencia de una extraña corriente que arrastra todo lo que queda a su alcance, dentro del abismo.

Cuando se construyó El Gresco, estaba a unos kilómetros del borde del abismo, pero éste avanza sobre Profundis, a un ritmo lento pero firme, con infinidad de derrumbes y deslaves. Y había alcanzado ya el extremo sur oeste de ésta burbuja, desfondando una pequeña superficie del suelo, de aproximadamente trescientos metros cuadrados, y brindándole a éste barrio de insurgentes un acceso al mismo, desde adentro de la ciudad.

 

-Tuvimos que esperar a que despertaras... ¿De qué sirve dar una horrible muerte, si el beneficiario de la misma no está consciente para sufrirla? –dijo relamiéndose. –Pero el momento ha llegado...

Antes de que terminara de hablar, buscando el factor sorpresa, Billven golpeó a su opresor en la entrepierna para luego sacárselo de arriba, con otro gran patadón. Enseguida los otros tres se le fueron al humo. Billven sabía que su única oportunidad era tomarlos de a uno, jamás podría con los tres al mismo tiempo. Se focalizó entonces en quién parecía el más accesible: el segundo sirenniano, y mientras giraba en el aire para evitar ser alcanzado por un chorro de alquitrán que el ser amorfo le tirara, se agachaba para evitar un golpe de tenaza del crustáceo-pensante, arremetió contra éste. Utilizando antiguas técnica orientales aprendidas en un monasterio japonés, luego de girar hacia atrás, le propinó un feroz golpe con el talón de su pierna derecha, en medio del pecho, lanzándolo varios metros más atrás. Sin esperar las reacciones de los otros, como un león hambriento, siguió a su presa y dando vueltas en el aire lo alcanzó justo cuando se incorporaba. Le propinó entonces una incontable andanada de golpes en sólo un par de segundos, luego giró dándole la espalda y enfrentando a los otros dos enemigos, sabiendo que éste, estaba definitivamente, fuera de combate. Mientras el Sirenniano se desplomada al suelo, Billven arremetió contra el crustáceo. No es que fuera el más fácil de los dos que quedaban, pero..., ¿cómo se combate a un montón de alquitrán? Con un salto sobre la cabeza de la enorme langosta, logró montarse en su lomo y tomando sus dos antenas intentó dominarla. Pudo sentir su chillido de dolor, eran sus antenas sensoras, a pesar de tener ojos, este ser parecía recibir mucha información a través de sus antenas, que resultaron ser muy sensibles. Billven, entonces las ató entre ellas y se bajó de un salto. La criatura, desorientada iba de aquí para allá sin poder sincronizar sus movimientos. Era el turno del ser amorfo..., lo buscó con la mirada, pero no lo encontró... ¿Habría huido? No se percató de que parte del piso se había teñido de negro y que, además, él estaba parado sobre éste. La maleabilidad del ser amorfo le permitía transformarse en cualquier cosa, incluso para licuarse y formar una delgada capa sobre el suelo. Tarde notó que el piso se había vuelto pegajoso y que una sustancia negra, subía rápidamente por sus pies aprisionándolo... ¡Estaba atrapado!

La sustancia alquitranosa se escurría sobre él que estaba ya, completamente embadurnado y sólo su cabeza quedaba fuera del ser de alquitrán. Si bien se podía mover y se veían sus brazos tratando de emerger de la criatura, no había forma de desembarazarse de él... ¡estaba perdido!

- ¡Aguanta amigo! –gritó Gol Ank Nut al llegar en su ayuda. Traía una especie de pulverizador y con éste roció, primero la cabeza de su amigo, y a medida que la pastosa criatura se disolvía con gritos de dolor, el resto de su cuerpo.

-Es lo que en la tierra se conoce como diluyente –dijo mientras auxiliaba a su amigo. –En cuanto vi que no llegabas salí en tu búsqueda, y cuando me enteré de que había un Alquimorfo rondando, me traje esto por las dudas, es lo único que puede detenerlos –y continuó rociándolo mientras éste se diluía por completo. Luego volvió a mirar a Billven que estaba limpiándose los últimos restos de alquitrán.

- ¡Cuidado atrás, Billven! –gritó al ver que, a espaldas de su amigo, el primer Sirennio, recuperado, se aprestaba a darle un golpe fatal, con una especie de cimitarra. Billven por puro reflejo lanzó una patada de coz que alcanzó a su atacante en el estómago y lo lanzó varios metros, con la mala suerte que cayó al agua y fue atrapado por la corriente que lo succionaba hacia el fondo del abismo sin fin. “¡Aaaahhhhh, ayuda!” Alcanzó a gritar antes de ser tragado por el agua. A pesar de que intentaron rescatarlo, nada pudieron hacer por el desdichado, del terrible fin que, seguramente, le esperaba miles de metros más abajo.

 

- ¡Fue Nemo! –dijo Billven enseguida –él robó las piedras y piensa sacarlas de Profundis en el Nautilus.

- ¡Vamos! Corramos al sub-puerto. Quizás aún esté allí.


Tras la alocada carrera llegaron al sub-puerto sólo para constatar que el Nautilus ya había zarpado, y lo había hecho hacía ya un buen rato. No había forma de saberlo con precisión ya que la ciudad de Profundis había comenzado a vivir en la penumbra constante y como los artefactos de medición del tiempo funcionaban con la misma energía, éstos tampoco funcionaban.

- ¡Demasiado tarde! Y no hay forma de seguirlo, el Nautilus es el vehículo submarino más rápido que existe.

 

Una vez en el templo, reunidos con los notables de la ciudad, Billven y Gol Ank Nut explicaron lo que habían descubierto.

-Está claro que el Capitán Nemo robó las piedras. Tiene la tecnología como para burlar cualquier sistema de seguridad y como para descubrir los antiquísimos túneles que comunican con el gran estanque. Acaba de zarpar con su submarino llevándose las piedras de Profundis –dijo el humano. –En el mundo submarino, estas extrañas rocas sólo tienen valor para los Sirennianos, en la producción de energía. Hasta dónde sabemos, es la única raza que produce su energía de esta forma y que por lo tanto ha desarrollado una tecnología específica como para hacerlo...

-El asunto entonces es saber por encargo de quién, este malhechor, se robó las piedras –se preguntó el soberano.

- ¿Cómo por quién? Está claro que San Gui Nut está detrás de todo esto –acusó Ta Bar Nut, líder de la Casa Kwal. –Nemo trabaja para él y es sabido que quiere tomar el poder de Profundis. Una crisis como ésta puede provocar una revolución y quién tenga las piedras puede reclamar el poder para sí.

-No..., yo no tengo..., nada que ver –se defendió titubeando, el líder de la Casa Phara. Estaba muy comprometido y todo lo señalaba a él y su casta. Sin embargo, fue Tal Pal Nut, quién lo auxilió en medio de los murmullos y las acusaciones.

- ¡Calma..., calma! ¡sirennios del consejo, tengan calma! El hecho de que los Phara quieran el poder no los hace culpables..., ya que las otras castas también lo ansían desde hace el mismo tiempo, o quizás más.

–¡Eso! –se le escuchó decir a San Gui Nut.

-Tahl, Phara, Kwal –prosiguió Tal Pal Nut –cualquiera de éstas Casas desea el poder desde la fundación misma de nuestra civilización, por lo tanto, si el fin es desestabilizar el gobierno, todas son sospechosas –y ante la nueva oleada de murmullos, insulto y pedidos de retractación, volvió a pedir calma. –Por el momento creemos que ninguna Casa está detrás del robo, y si bien Billven fue atacado por elementos de la Casa Russ, pensamos que Reh Vol Nut tampoco tiene que ver en este asunto.

-Por lo que veo, no tienen muchas pistas –dijo ahora San Gui Nut, recuperando el valor.

-Sabemos poco, es cierto. Pero creemos que el Capitán Nemo actuó sólo o bien por encargo de algún ser de la superficie. Parece ser que nuestras piedras azules tienen un valor que desconocíamos, en el mundo oxigenado. El hecho de que hayan sacado las piedras de Profundis no hace más que apuntalar esta teoría. Ningún sirenniano en sus cabales lo haría sabiendo que luego, con toda la conmoción causada, volver a ingresarlas a la ciudad resultaría quizás, más difícil que haberlas sacado, con todos los dispositivos de seguridad y control que se establecerían.

- ¡Entonces estamos perdidos! –exclamó La Call Nut, líder de la Casa Tall –Sólo quedan alrededor de treinta días más de reserva..., y eso si sólo producimos oxígeno. Encontrarlas en Profundis ya era una tarea difícil, hacerlo fuera de él, imposible.

-Nada es imposible, La Call –dijo Gol Ank Nut-. Usted debería saberlo, pero no será sencillo, es cierto. Ya hemos salido a rastrear el rumbo que tomó el Nautilus, un submarino como ése, no pasa desapercibido y ya estamos recibiendo información: el último dato lo ubica cerca de las costas de Madagascar y yendo hacia el oeste. Una vez en tierra, Billven intentará encontrar, recuperar y traer de vuelta las piedras, yo le ayudaré, aunque aún tengo que resolver cómo hacerme pasar por humano. Un ser como nosotros, aunque sin cola fuera del agua, llamaría mucho la atención en el mundo oxigenado.


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En esta nueva entrega, cumplimos con la tercera relacionada a la saga de “Los Andaluins”, más específicamente al tercer libro de la saga: “Viaje al centro del Sol…” ¡Como si eso fuera posible…! Pero si J. Verne escribió su “Viaje al centro de la tierra”, yo puedo hacer lo mismo con el sol… Acá va el primer capítulo: el apocalipsis al cual, más tarde que temprano, nos tendremos que enfrentar… ¿Espero que lo disfrutes!!


Viaje al centro del Sol... 


Cap. 1.- Sin lugar donde esconderse.

 

La grieta en la calle crecía y se desplazaba sobre la superficie como una víbora caprichosa. El asfalto derretido, ya producía burbujas e imposibilitaba la circulación de los autos que quedaban pegados a la calle, mientras sus cubiertas también reventaban y se fundían con el asfalto.

Toda la calle se movía como si un gigante se despertara de un largo sueño desperezándose bajo de ella, quebrándola y formando pliegues y montículos. Las veredas seguían este alucinante movimiento y cantidad de hidrantes reventaban dejando escapar su sangre cristalina, que al entrar en contacto con el suelo producía un vapor que enturbiaba el ambiente.

La gente corría de aquí para allá sin rumbo cierto, sin encontrar un lugar seguro donde refugiarse. Iban todos en grupos, sin separarse. Algunos cargaban a los niños más chicos y los protegían del agua y el calor con sus propios cuerpos. Salían corriendo de sus casas sin más que lo que llevaban puesto. El lugar que fuera su refugio natural desde siempre era ahora el lugar que representaba mayor peligro.

Al igual que las calles todo el suelo se movía y este movimiento se trasladaba a los cimientos de las casas que también se bamboleaban con peligro de derrumbe. Algunas, yacían ya en el piso.

Parecía un terremoto…, y uno bien grande, aunque jamás se había visto uno en esta parte del globo terráqueo. ¡Ojalá lo hubiera sido! Porque los terremotos, por más fuerte que fueran, en algún momento terminan, acaban. Dejando tras de sí un escenario de destrucción y muerte, es cierto, pero llegan a su fin.

Este fenómeno de la naturaleza jamás se había vivido en nuestro mundo desde su nacimiento, hace más de diez mil millones de años y no tenía miras de terminar. Más bien se mostraba empecinado en destruirlo…

El sol parecía estar en ebullición, como con una actividad descontrolada y por momento parecía hacerse más grande y su luminosidad más brillante. Imposible mirarlo directamente ni con filtros especiales… El sol, increíblemente, parecía que se estaba prendiendo fuego.

Miles, millones de insectos salían a la superficie, dejando sus cuevas, en busca de un lugar seguro provocando una estampida en miniatura. Gusanos, hormigas, ciempiés, cascarudos, babosas y otros bichos se desplazaban de aquí para allá buscando algo que no encontrarían...


Las aves y los animales domésticos también vagaban sin rumbo. Los pájaros caían del cielo cansados y abatidos por el gran calor. Los perros echados y gimiendo de miedo…

Las hojas de los árboles se secaban como en cámara rápida y comenzaban a prenderse fuego. Incluso los techos de algunas de las antiguas casa del Prado, de madera, entraban también en combustión espontánea a causa del gran calor.

Ahora había focos de fuego desparramados por todos lados, grandes focos de fuego. El humo se mezclaba con el vapor de agua creando una atmósfera pesada y tóxica donde se hacía muy difícil respirar.

La visibilidad se hacía a cada minuto menor, apenas se alcanzaba a ver a unos treinta metros.

¡Y el ruido…! El crepitar de las llamas se mezclaba con el ruido del agua de los hidrantes fluyendo con fuerza, las alarmas de los hogares y vehículos que sonaban desbocadas, los gritos de desesperación y terror de la gente y el rugido de dolor de la tierra quebrándose.

¡Y el olor!, nauseabundo y repulsivo. De algunas de las innumerables grietas que se abrían en el suelo reseco, emergían aguas servidas apestosas y hediondas… Parecía que la tierra le estaba devolviendo al hombre el producto de cientos de años de contaminación.

 

La gente ya no corría. No había para donde, y a causa de la escasa visibilidad corrían el riesgo de caer dentro de las enormes grietas que se abrían en la tierra. Además, ¿adonde irían? No existe un lugar en el mundo que pudiera protegerlos de esto… Entonces, se apiñaban resignados en pequeños grupos, abrazándose y brindándose valor y consuelo.

 

Todo el barrio estaba igual, toda la ciudad presentaba el mismo paisaje y el resto del país no estaba ajeno a este terrible fenómeno. Y si alguien hubiera estado mirando la tierra desde el espacio hubiera visto que todo el mundo estaba igual…, la tierra parecía que se estaba quebrando en mil pedazos...

 

Solo una casa se mantenía de pie en medio de toda este pandemonium apocalíptico… una casa mágica: la casa de los abuelos. La casa de Papo y Nani. Ésta se movía como una gelatina y por momentos amagaba que se iba a derrumbar pero luego se acomodaba con un gran esfuerzo. La casa mágica del Prado estaba dando lucha, cumpliendo con su objetivo fundacional: cuidar a sus ocupantes, a su querida familia. Pero no iba a aguantar mucho más, poco a poco algunos pedazos de mampostería se desprendían y caían al suelo. De repente, una lengua de fuego logró conquistar el techo y trató de extenderse por él… pero una especie de mano semitransparente salió por la chimenea y golpeó el fuego apagándolo. La casa se defendía... Otra lengua de fuego apareció por otro lado…, y luego otra…, y otra. La mano mágica intentaba apagarlas a todas pero eran cada vez más. La fuerza de la naturaleza parecía imponerse. Siempre lo hace, siempre lo logra…, no es un enemigo que alguien quisiera tener.

 

-¡Corran! ¡Por aquí! –Se escuchó gritar, mientras dentro de la casa también se estaban desprendiendo pedazos de pared y cielorraso que caían al suelo provocando fuertes estruendos. Las grandes armaduras de hierro protegían al grupo, cuando éste pasaba a su lado, sosteniendo las paredes y evitando, con sus escudos, que los proyectiles los golpeasen -. ¡Rápido, todos para abajo!

El grupo bajaba corriendo por las escaleras. Eran tres niños, una mujer y un hombre.

 

-¡Al recinto, todos al recinto! –gritó Jazmín que venía dirigiendo al grupo. Atrás la seguían sus tres hijos: Lucía, Tomás y Santiago. Papo corría detrás del grupo cerrando la marcha.

Corrían desesperados, como si los siguieran mil demonios…Venían corriendo cuando un gran pedazo de cielorraso se desprendió del techo. Se escucho un grito de alerta que pareció salir de las paredes de la casa: ¡cuidado! Pero no llegó a tiempo y Jazmín cayó aplastada por los grandes pedazos de revoque.

 

-¡Mamá! –gritó Luli que venía tras de ella.

-¡Es..., estoy bien! ¡No se detengan!

-¡Espera te sacaremos! –dijo Tomi en cuanto llegó al lugar.

-¡No, no hay tiempo! Deben seguir..., tienen que llegar al recinto –contestó la madre de los chicos.

-¡No mamá, no te dejaremos! –gritó Santi.

-¡Papo, lléveselos! ¡Tienen que seguir, tienen que usar los portales! –insistió la mujer.

-Vamos, chicos. Su madre tiene razón. La ayudaremos mejor si logramos llegar al recinto… -dijo el abuelo.

Corraaaan! –gritó Jazmín.

No! Yo me quedo. Mami no se va a quedar sola en este momento. ¡Sigan ustedes! –dijo Santiago.- Luli…

-¿Si, Santi?

-Llévale esto. Dáselo cuando lo veas… Sé que me va a gustar –y el niño sacó un pequeño paquete de su mochila y se lo dio a su hermana. Luego se sentó al lado de su madre y la abrazó con fuerza. Apoyó la cabeza de Jazmín en su regazo y los dos se prepararon para lo peor.

 

La carrera se reinició luego de que los otros dos niños se despidieran de Jazz y Santi. Papo tuvo que sacarlos a los empujones para poder separarlos.

Pasaron por conocidos corredores y cruzaron cuartos que en otro momento les habrían revivido felices recuerdos de cosas que les sucedieron en aquella magnífica y mágica casona. Esta vez, al contrario de lo que les pasara a los chicos cuando llegaron a la casa, el camino al recinto parecía hacerse más corto y rápido. Ésta vez la casa los ayudaba a llegar a su destino.

Ahora Tomi llevaba la delantera. Papo los seguía como podía. Si bien conservaba una agilidad asombrosa, no se podía comparar con la de los chicos.

De repente delante de Tomi la casa se quebró en dos abriéndose en una gran grieta que parecía llegar hasta el centro mismo de la tierra. Un grito desgarrador se dejó sentir, la casa parecía manifestar dolor, como si fuera un organismo viviente. Una nube de gas caliente salió de la grieta entorpeciendo la visión del niño que no tuvo tiempo de detenerse en su alocada carrera y cayó dentro…, al vacío…

 

-¡Tomiiii! –grito su hermana al verlo ser tragado por el piso. Se arrimó al borde de la grieta y miró hacia abajo. Allí lo vio, unos tres metros más abajo. Su hermano había logrado asirse a un cable de electricidad y colgaba de éste.

-¡No te muevas, vamos a rescatarte! –dijo la niña.

-¡Nooo..., no lo hagan! ¡No deben perder tiempo! Tienen que llegar al recinto… –gritó el niño.

-¡No te dejaremos!

-¡Luli, por favor! Escúchame y no me interrumpas. Debes de seguir con Papo y llegar al Recinto. No puedes perder ni un solo minuto, si no consigues entrar al portal, todo estará perdido... ¡Será el fin del mundo!

-¡Tomi, por favor! No puedo dejarte aquí… ¡No voy a dejarte aquí! -sollozó la niña.

-¡Luli, sálvate y sálvanos! –y se soltó del cable dejándose caer al vacío.

-¡Noooooooo, Tomiiiiiiiiiiiiiiiii...!

Luli vio como su hermano se soltaba del cable y sin emitir sonido, con una sonrisa triste en sus labios, se precipitaba al abismo alejándose de ella.

-¡Vamos Luli! Tenemos que seguir. Tomi se sacrificó para que nosotros podamos llegar. Que su sacrificio no sea en vano –le dijo Papo mientras la tomaba por los hombros y la obligaba a levantarse. La niña tenía su hermosa carita bañada en lágrimas…, en menos de unos minutos había perdido a toda su familia. Pero debía seguir, debía de ser fuerte. Existía una esperanza y debía hacer todo lo posible por tomarla. Y además, aún estaba Papo con ella.

 

Finalmente llegaron al Recinto. Éste estaba sufriendo también los efectos de este terrible fenómeno natural. La cúpula a pesar del momento de destrucción no mostraba signos especiales, el color de la misma tiraba más bien al celeste, pero ellos en ese momento no pudieron detenerse a analizar ese detalle.

Papo se dirigió a Rumbos, el fantástico artefacto que permitía viajar a través de los portales en el tiempo y el espacio. De un salto se instaló en el centro y comenzó a marcar unas coordenadas…

La luz comenzó a concentrarse en el centro de la cúpula y bajó bañándolo a Papo. Luego unos rayos salieron hacia los distintos portales… Uno de ellos comenzó a abrirse… De repente un sacudón de la tierra pareció cortar esta mágica luz, provocando una fisura enorme en la roca de cristal de la cúpula y el portal detuvo su apertura. "¡Por favor, no!", se le escuchó decir al abuelo. Como si se hubiese tratado de un corte de luz y de repente se restableciera el servicio eléctrico, aparecieron nuevamente los rayos de luz y el portal se abrió por completo…

 

-¡Vamos, Papo! ¡Rápido, ven! El portal ya se ha abierto… -gritó Luli.

-¡Allí voy! –contestó.

Antes de que pudiera salir de Rumbos un pedazo de la gran cúpula de roca-cristal se desprendió y cayó sobre el abuelo que sólo atinó a agacharse para protegerse. El gran pedazo de roca cayó sobre el artefacto mágico atrapando a Papo en el círculo interior del mismo.

 

-¡Papoooo! –gritó Lucía mientras corría hacia Rumbos.

-Aquí estoy, Luli. Dentro de la anilla central.

-¿Estás bien?

-Ssss…, sí…, creo que sí –contestó éste. –Pero quedé atrapado dentro de Rumbos y no puedo mover esta roca.

-Espera que te ayudo –dijo la niña.

-¡No, no lo hagas! Luli…, este lugar se está derrumbando y el portal se está cerrando. En segundos toda la cúpula se podría venir abajo. ¡No tenemos tiempo, chiquita! Tienes que seguir sola. Ahora tú eres nuestra única esperanza…

-Pero Papo…

-Por favor, pequeña. Hazlo... Entra en el portal… ¡sálvate y sálvanos!

 

Seis habían partido con una misión especial…, una misión de la cual dependía el futuro del mundo y la humanidad toda. Cinco quedaron por el camino… Cinco que entregaron sus vidas para que al menos uno consiguiese alcanzar el objetivo: usar los portales…

Lo habían logrado, al menos una lo había alcanzado y ahora todo dependía de ella.

 

La niña entró en el portal y mientras las grandes puertas se cerraban alcanzó a ver, entre las lágrimas, cómo la cúpula de cristal de roca del Recinto estallaba en miles de pedazos y todo se derrumbaba sobre su abuelo…



¡Espero que te haya gustado!!!

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¡¡¡GRACIAS!!!

9na entrega

 

En esta nueva entrega, la segunda dedicada a la saga de los Andaluins, elegí también el primer capítulo, porque es muy intenso y revela de arranque nomás, de que viene la historia. ¡Espero que les guste!!!


Los Andaluins

y el Rescate en Decadunol


Cap, 1: La primera desaparición...


Los zapatos gastados y rotos, al moverse sobre la dura superficie, apenas alcanzaban a levantar algunas pocas partículas de polvo.

El día estaba radiante... El cielo, completamente despejado, de un azul intenso e inmaculado. El Sol, clavado en el cenit del firmamento, producía una luminosidad deslumbrante y un calor absolutamente sofocante. El paisaje era, sin embargo, desolado y monótono. Yermo y sin la más mínima señal de vida, ni animal ni vegetal. Se podría decir que era un desierto, aunque ningún desierto de nuestro mundo podría compararse con éste. No era un desierto de arena, no, era rocoso: grandes planicies de roca y a lo lejos altas mesetas de granito puro; las distintas capas de piedra que las formaban, hablaban con claridad de las diferentes fases de la evolución del planeta.

Pero lo que más llamaba la atención era la ausencia absoluta de sonidos. Ni siquiera soplaba el viento. Quizás así fuera la superficie de la Tierra hace millones y millones de años.

 

–No chicos, creo que nos equivocamos– dijo la voz que, seguramente, constituía el primer sonido emitido en aquel lugar desde su formación–. Éstas no parecen ser las sabanas africanas. Debimos haber tomado la cueva equivocada... ¡Pero no me miren así!, no es mi culpa que ese maldito Recinto cambie constantemente la ubicación de sus cuevas. Tal vez tomamos por alguna cueva temporal que nos llevó al pasado, ¡muuuuy, muuuuy lejano!

 

El personaje parlante, dueño de los zapatos gastados, definitivamente no tenía nada que hacer en aquel inhóspito lugar. Parecía como una mancha de chocolate en una camisa blanca.

Alto, flaco, muuuy flaco, lucía un ridículo paraguas oficiando de parasol, remera estirada, a rayas blancas y rojas, suelta por afuera de una bermuda beige y con el cuello desbocado, zapatos marrones de cuero y medias blancas caídas.

Llevaba menos de cinco minutos en aquel lugar pero ya estaba agotado y sudoroso. A pesar del contratiempo no se mostró de mal humor, al contrario, parecía entusiasmado y divertido. Le hablaba a dos enormes perrazos, ovejeros alemanes, que le acompañaban.

–Esta es mi primera incursión por las cuevas del Recinto, y todo tiene que salir bien. Papá confió en mí y no lo puedo defraudar. Siempre lo manda al Adoquín de “salida” y esta es mi oportunidad de demostrar que yo también estoy preparado para sacarlos de práctica..., pero... ¿me están oyendo, o le estoy hablando al aire?

Los perros no lo escuchaban: con las orejas paradas y completamente inmóviles se mantenían en guardia. Miraban al horizonte como presintiendo algo. Todos sus sentidos alertas les advertían que algo andaba mal. ¿Pero qué podría andar mal en un lugar totalmente deshabitado?

De repente, como cortando con un cuchillo el perfecto cielo, vieron aparecer una pequeña luz que se movía a gran velocidad, dejando una estela de humo detrás, y se agrandaba rápidamente como si se estuviera dirigiendo hacia ellos.


–Es un meteorito, seguramente entrando en la atmósfera terrestre, y por el rozamiento con el aire se vuelve incandescente. Lo estudié en la escuela –dijo en voz alta como dando una clase–. Parece que se dirige hacia aquí. Pero no, no puede ser..., eso es imposible. ¿Cuáles serían las probabilidades de que un meteorito se estrellara justo sobre los tres únicos seres vivos de un gigantesco planeta...? Y sin embargo... No, no sería..., pero sí..., SÍ... ¡SÍ, VIENE HACIA NOSOTROS Y VA A CHOCAR! ¡CORRAN POR SUS VIDAS!

 

Los tres comenzaron a correr, desesperados,  en distintas direcciones. Un par de segundos después el meteorito entraba en colisión con la superficie dura del planeta, en el lugar exacto donde momentos antes se encontraban parados los únicos seres vivientes en todo el planeta, en ese momento.

El impacto fue tan brutal que la onda expansiva alcanzó a los tres intrusos y los arrojó como a treinta metros de distancia, mientras millones de esquirlas de piedras y chispas los golpeaban por todo el cuerpo, lastimándolos. La paz en aquel extraño y remoto planeta estaba, definitivamente, quebrada.

Unos interminables minutos después, el Varilla, porque así es como lo llamaban, logró mover una de sus manos. Sintió la suave y húmeda lengua de sus perros recorrer su sucia cara. Lentamente y con trabajo pudo sentarse y abrazar a sus canes. Los revisó: se encontraban bien, magullados pero sanos. Él estaba fatal: todo raspado y quemado, con la ropa en jirones. Pero no parecía tener nada roto.

Se incorporó y se acercó al extraño objeto caído del cielo: era negro, con forma de huevo y del tamaño de un hombre. No se animó a tocarlo, seguramente todavía estaba súper caliente.

–¡Pero qué increíble casualidad! Es como para el libro Guinness de los records. Nos salvamos por un pelito realmente. Después de esto ya nada nos puede pasar...

No acababa de decirlo cuando un ruido fuerte y seco los volvió a sorprender. Éste se multiplicó por efecto del eco. Los perros arrancaron a ladrar furiosos. Ahora el meteorito presentaba una visible grieta.

La rajadura producida en la superficie comenzó a extenderse y a multiplicarse hacia todos lados.

–¡Hey, chicos!, calma. Tranquilos... solamente se está quebrando. Es normal después de ese tremendo golpe... Además venía muy caliente y se contrae al enfriarse.

Unos fuertes golpes desde el interior del objeto lo sacaron de sus cavilaciones.

De repente, en uno de esos golpes, se desprendió un trozo de roca y emergió del “huevo” un enorme y aterrorizante pico.

–¡Oh, oh! –dijo el flaco, mientras miraba paralizado la forma en que el pico iba retirando pedazos de la roca como si se tratara de una verdadera cáscara. Los perros seguían ladrando...

El extraño pájaro del espacio exterior quedó pronto liberado de su cárcel y estiró sus escamosas y repugnantes alas. Ahora lo pudo ver bien: era una especie de pterodáctilo, un dinosaurio volador, sólo que mucho más amenazante y terrorífico (si es que eso es posible). De color negro lustroso, alcanzaba un gran tamaño. Sus ojos eran enormes y rojos, el iris amarillo intenso. De ellos, parecían salir lenguas de fuego.

El muchacho se erizó, como si le estuvieran pasando un cubito de hielo por la espalda. Era una mezcla de fascinación y profundo terror. Sentía que los ojos del animal lo miraban fijamente... ¡Sí!, definitivamente lo estaban mirando.

Los perros se lanzaron hacia el recién llegado, atacándolo. Eso pareció hacer reaccionar al muchacho que salió disparado hacia la boca de la cueva que lo llevaría de retorno al "Recinto de las Mil Cuevas" Mientras corría, le gritaba a sus perros: ¡Vamos chicos, déjenlo!, ¡corran a la cueva!

El horrendo animal levantó vuelo separándose de sus atacantes y se lanzó detrás del larguirucho, que huía a grandes zancadas.

¡Qué espectáculo verlo correr al Varilla con sus largas y flacas piernas moviéndose quebradas y sin ninguna gracia! Sus rodillas se elevaban con un alocado ritmo casi hasta tocar sus codos. Su cabellera se meneaba de un lado a otro acompañando el bamboleo del cuerpo, y su boca exageradamente abierta, con la lengua afuera y recostada hacia un costado, inhalaba y exhalaba forzadamente.

Se estaba acercando a la entrada de la cueva, cuando se sintió como más liviano y rápido. Miró al suelo y notó que se hallaba a un metro del mismo y tomaba cada vez más altura, recién ahí sintió el terrible dolor en los hombros. Levantó la vista, y aunque sabía con lo que se iba a encontrar, vio con horror que había sido atrapado por el pichón de monstruo alado. ¡Quizás pensaba llevárselo para su nido y comérselo en el desayuno!

Intentó defenderse. Realmente lo intentó. Pataleó y golpeó hacia arriba con fuerza esas potentes garras que lo aprisionaban mientras gritaba desesperado: ¡suéltame maldito bicho deforme!

De repente el animal hizo un movimiento brusco que provocó que el flaco Varilla, instintivamente, se aferrara a las extremidades del animal como el náufrago se aferra a su salvavidas, mientras miraba asustado para abajo donde apenas se distinguían ya sus fieles amigos que habían quedado en tierra, ladrando, sin saber qué hacer. Al notar la enorme altura alcanzada se agarró aún más y dijo:

–¡Nooooo, mejor no..., no me sueltes...! Por favor, no me dejes caer…!–Y cerró los ojos.

 

Eso le impidió ver hacia dónde se dirigía el hoy extinto animal. En el cielo se había formado una extraña y solitaria nube oscura y a medida que se acercaban a ella, parecía emitir misteriosos rayos, truenos y palpitación de luces. A pesar de lo aterradora que parecía, el pajarraco no detuvo su vuelo, si no que, por el contrario, se dirigió al epicentro mismo de ella. Al entrar en la nube se produjo un fuerte resplandor y un estallido, que en un mundo de silencios como aquel pareció que se podría haber escuchado desde el más recóndito lugar. La nube desapareció instantáneamente y con ella el escuálido muchacho y su captor.

Los perros se miraron, volvieron a observar el cielo y mientras uno le aullaba a la muerte intentando ahuyentarla, el otro se echó en el piso en espera de la vuelta de su amo, gimiendo lastimosamente.

Lo que no sabían, es que él, jamás regresaría a ese lugar…



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