Hace ya un mes que tomé una importante decisión… Hace un mes, tomé la determinación de ir colgando todas y cada una de mis obras, por partes, en “la nube”, como le dicen algunos al ciberespacio. Y vengo cumpliendo, a veces con algún retraso…, todas las semanas. Ya llevo cuatro cuentos “colgados”, dos de terror, un drama de amor y un cuento infantil… Y hoy estoy cumpliendo con la 5 entrega de mi arte. Y es una entrega muy especial porque se trata esta vez, del primer capítulo de mi última obra: “El Ebanista del Rey”

¡Espero que te guste!!!

  

La cena más esperada…

Hoy, enero del 2020 en algún lugar del mundo

 

El hombre se retiró un momento de lo que estaba haciendo, tomando distancia para apreciar, desde un ángulo diferente, la obra en su conjunto… Cuando uno está concentrado en los detalles, generalmente pierde de vista el conjunto y no siempre se consigue la armonía total que todo buen artista debería buscar, cuando busca trascender, si pierde de vista el conjunto.... Pero eso era algo improbable que pudiera pasarle a Ernesto…

Ernesto era el mejor ebanista de toda la ciudad, ¡qué va! de todo el país, por no decir del mundo… Un verdadero artista que lograba con perfección cualquier mueble que recibiera en encargo, aunque su especialidad eran las sillas… La madera se comportaba como la arcilla en sus manos y lograba formas increíbles y exquisitas. Volutas pronunciadas, molduras complicadísimas y grabados perfectos le habían valido una fama internacional que él no despreciaba, por el contrario, agradecía y valoraba.

Los más encumbrados hombres de la política, la industria y el comercio recurrían a él para que les fabricara sus ostentosos comedores, finísimos escritorios, elegantes aparadores y suaves respaldos de cama con vaporosos baldaquines haciendo juego con las mesas de luz. También recibía pedidos de los países limítrofes y su fama internacional era tal que no era extraño que recibiera algún encargue de algún Jeque Árabe del otro lado del mundo que mandaba a buscarlo en su avión privado.

Trabajaba sólo… no tenía ayudantes o eso era lo que él decía porque no quería que nadie supiera los secretos de su arte. Había recibido todos sus conocimientos sobre el trabajo en la madera de su padre, y éste de su abuelo que a su vez lo había recibido se su padre… Así se remontaba aquel linaje de ebanistas hasta la antigüedad, siempre pasando sus conocimientos de forma oral de generación a generación. A pesar de trabajar sólo y a puertas cerradas lo hacía con una celeridad asombrosa y nunca de atrasaba con sus entregas cuando prometía una fecha, aunque es justo decirlo, tenía tantos pedidos que había que tener mucha paciencia ya que había una demora de al menos un año… Pero valía la pena esperar.

Esta forma de trabajar, a puertas cerradas, había alimentado no pocas leyendas sobre su arte y quiénes en realidad las ejecutaban, o al menos, lo ayudaban a realizarlas. Desde duendes mágicos, pasando por pociones de súper velocidad, hasta hechizos mágicos. Muchos lo imaginaban, nadie lo sabía, pero lo cierto es que algunas de esas leyendas no distaban mucho de la realidad…

Ernesto no tenía problema en dejar entrar a clientes, amigos, e incluso curiosos, a su taller. Por el contrario los animaba a hacerlo, y disfrutaba de la expresión en la cara de quienes entraban en su particular reino. ¡Era un lugar sin duda muy asombroso! Lo primero que llamaba la atención de los ocasionales visitantes era el techo del taller… De allí colgaban decenas, tal vez cientos de esqueletos de sillas, poltronas, sitiales, que boca abajo esperaban su turno para adquirir el esplendor que aquel experto ebanista podría otorgarles.  Era un techo liviano de chapa galvanizada a dos aguas, apoyado en complicadas cerchas de madera. Era realmente una sensación extraña ver tantas armazones de sillas colgadas del techo y uno podía pasarse horas viendo y tratando de identificar, imaginar tal vez, el producto final que terminaría de cada una de aquellos proyectos de sillas. Por aquí y allá, también más allá, y aún más lejos se amontonaban tablones de madera del más disímil origen y tamaño, algunos revelaban a los visitantes la calidad de su madera por su veta suave y definida, sus colores parejos y almendrados, pero otros, mucho más rústicos, escondían sus bondades que sólo serían reveladas bajo la mano experta del artista.

Otro tema que llamaba la atención era la ausencia casi total de ventanas, salvo por un gran tragaluz cenital en la cumbrera del techo a dos aguas que dejaba entrar la luz que se filtraba como podía a través de las cientos de sillas colgantes. Todos sabían la razón de esto: el hermetismo que Ernesto buscaba cuando trabajaba…

También era muuuy extraño la ausencia absoluta de maquinaria moderna… Si parecía que para lo único que se utilizaba la electricidad en aquel taller era para alimentar las pocas bombillas de luz que diseminadas caprichosamente brindaban en los días nublados y en las noches, una luz tenue, completamente insuficiente para el tipo de trabajo que allí se realizaba. Los cientos de herramientas que prolijamente colgaban de paneles de madera junto a un gran banco de carpintero, eran muy antiguas y se notaba que habían tenido un enorme uso a través de los años. Serruchos, cepillos, cinceles, punzones, leznas y barrenas, gubias, escoplos y aplacadoras de cantos, entre una enorme variedad, daban cuenta del uso que se les daba y alimentaba las diversas leyendas sobre el trabajo y las posibles ayudas sobrenaturales que el eximio ebanista recibía para hacer todo lo que hacía. Incluso algunos colegas de Ernesto se retiraban de su taller, visiblemente molestos cuando increpaban al carpintero argumentando que de ninguna manera era posible alcanzar el nivel de maestría, que él sin duda había alcanzado, con aquellas rudimentarias herramientas. Que todo aquello no era mas que un montaje para tomarle el pelo a sus colegas, y no era extraño ver algunos visitantes buscando alguna puerta trampa misteriosa, alguna palanca escondida que abriera el paso hacia el verdadero taller secreto, del cual salían aquellos muebles que lo habían hecho tan famoso… Ernesto se percataba de todo eso, y se divertía…

Pero a la hora de trabajar, ya nadie debía de quedar en el taller y cerraba las puertas a cal y canto para que nadie viera como realizaba aquellas obras que sorprendían al mundo entero. Eran sin dudas obras que asombraban a propios y extraños, tan sólo por la perfección en el diseño y la terminación, pero también lo eran por el espíritu particular que éstas obras transmitían a quienes las usaban, y era eso, seguramente y aunque nadie lo notara explícitamente, lo que le había dado a Ernesto y todo su linaje, el enorme éxito del que habían gozado, cada uno en su propia época.

Y es que efectivamente, Ernesto y todos sus predecesores carpinteros contaban con un poder sobrenatural y mágico que transmitían a cada una de sus obras, y que éstas a su vez, transmitían a sus usuarios.

En ese momento estaba trabajando en el comedor de un acaudalado hombre de negocios. Una gran mesa con ocho sillas y dos sitiales… era una familia grande, y una excepción que no rara vez aceptaba el carpintero. A pesar de la demora que tenía para la entrega de los trabajos, cuando él consideraba que un pedido particular ameritaba una excepción, no tenía ningún problema en mechar un trabajo en la interminable lista. Extrañamente esto no provocaba que hubiera atrasos en las fechas prometidas de sus otros trabajos.

A Ernesto le gustaba conversar con sus clientes antes de aceptar un trabajo, conocerlos, sumergiste en el espíritu de su interlocutor. Conocer su carácter, qué lo hacía feliz y qué le provocaba pena. Cuáles eran sus miedos, cuáles sus certezas. Con qué soñaba en los más profundo de su ser… Y en algunas oportunidades, se negaba a la realización de algunos trabajos si consideraba que el potencial cliente no merecía poseer una de sus obras.

El cliente del gran comedor, era un hombre de unos cincuenta y pocos años de edad, casado y con ocho hijos… Una hermosa familia sin duda. ¡Un gran trabajador! Nadie le había regalado nada en toda su vida y todo lo que había logrado, que era mucho, lo había conseguido en base a su esfuerzo, trabajo y sacrificio. Había comenzado a trabajar a los catorce años y nunca había dejado de hacerlo desde entonces, y había logrado un éxito que nunca había soñado… Pero eso había tenido un costo, un costo que ahora comprendía y consideraba demasiado alto: ahora que tenía más tiempo para dedicarle a su familia, comprendía que no los conocía… Eran extraños para él. Abocado al trabajo como había estado, viajando por negocios a todas partes del mundo, había descuidado la educación y el cuidado de sus hijos, y ahora que estaban crecidos no lograba conectar con ellos. Seguramente cualquiera de sus hijos hubiera cambiado con gusto, cualquiera de aquellas comodidades y lujos que él había conseguido para ellos, por verlo aunque fuera una tarde, alentándolos durante un partido, al costado de la cancha. O un fin de semana de charla y cartas junto a la estufa en los largos inviernos. Pero no había estado ahí para ellos en esos momentos tan especiales, y se había convertido en un extraño, que llegaba tarde y cansado en las noches, y pasaba poco tiempo con ellos. Él no los culpaba, ninguno de sus hijos le había pedido nada, sólo tiempo… y fue justamente lo que nunca pudo darles. Se había perdido la mejor parte de la vida de sus hijos por perseguir sus propios sueños y ahora era demasiado tarde para recuperarlos, y eso lo entristecía…

Eran cinco varones y tres mujeres, tres de ellos ya eran estudiantes universitarios, cuatro adolescentes que cursaban el liceo en distintos grados y luego estaba Benjamín, de tan sólo nueve años, aún en la escuela. El único momento en que todos se reunían era a la hora de la cena, pero lejos de haber un ambiente de armonía y paz, era el momento en que todos discutían y se reclamaban cosas del día, cuando no estaban ensimismados en sus celulares, cual autómatas sin conciencia. A pesar de que su esposa intentaba justificar a sus hijos, él quería por todos los medios lograr un ambiente armónico con su familia y empezar a conocer de nuevo a cada uno de sus ocho hijos.

La mesa del comedor no ayudaba ya que era demasiado pequeña y eso complotaba con el buen ambiente que quería lograr, debido a que los codazos estaban a la orden del día. Por eso se decidió a encargar una mesa nueva, y como podía hacerlo, decidió contratar al mejor ebanista de la ciudad. La historia de su cliente conmovió a Ernesto que no dudó en darle prioridad y prometió el trabajo para la semana siguiente…

Usó para la gran mesa de un metro por dos cuarenta, unas tablas de roble nuevo, recién salido del secadero para que estuviera lo más virgen posible, y eligió de entre los cientos de armazones que colgaban del techo de su taller, las sillas y sitiales del mismo juego de madera clara y maleable sobre la cual aplicaría su arte en suaves molduras que transmitieran paz y sosiego. Luego las lustraría en el mismo tono de la mesa. Eran sillas muy cómodas con el asiento y parte del respaldo tapizados en tela de lino natural, de forma que nunca quisieran levantarse de la mesa, tener sobremesas interminables, y charlas divertidas que compartir entre todos. Pero no todo era elegir bien los materiales y aplicar el mejor arte del que era capaz… también tenía que transmitir el espíritu que buscaba afectara a quienes usaran esas sillas. Y eso sólo se conseguía con los poderes sobrenaturales que su padre le había transmitido y enseñado a usar. Ese era su secreto y el diferencial que le hacía, tan diferente de su competencia. Un poder que sólo él tenía en todo el mundo y que usaba sin complejos. Sentía que era un bendecido, un elegido por Dios y que no podía ser avaro en el uso de su poder. Era su deber llevar todo el bien que estaba a su alcance, a través de su arte, a cuantos pudiera.

El día prometido, el camión de Ernesto se detuvo frente a la hermosa casa de su cliente y con la ayuda de seis personas instalaron la mesa en el comedor de la casa. No había nadie en casa salvo el pequeño Benjamín y el personal de servicio que quedaron enamorados del comedor en cuanto quedó instalado. Benjamín, que era un niño hiperactivo, luego de darle la vuelta a las corridas a todo el comedor un par de veces, se sentó en una de sus sillas y como por arte de magia quedó en un estado casi de letargo por un rato…

Al día siguiente, sobre el mediodía, la mujer de Ernesto acudió a atender la puerta. Al abrir, se encontró con el cliente del comedor a quien hizo pasar hasta el taller de su esposo.

El hombre lo abrazó agradecido en cuanto entro y le contó del fabuloso momento que había pasado en familia durante la cena. De todo lo que habían conversado, de cómo habían reído, y de las cosas que sus hijas le habían contado y de las que él jamás se había enterado. Le dijo que sentía que estaba recuperando a su familia, conociéndolos a cada uno como nunca los había conocido, y que eran chicos fabulosos, tan bien educados por su esposa. Que Benjamín se había portado como todo un hombrecito, sin peleas, sin discusiones y sobre todo ¡sin celulares! Ninguno de sus hijos había amagado siquiera a sacar el celular y que algunos lo habían apagado antes de atender alguna llamada entrante de alguno de sus amigos. Se enteró de la excelente carrera que estaba desarrollando su hijo mayor al que le faltaba una sola materia para recibirse de abogado, y que una de las chicas iba en serio con su novio… ¡Era increíble! No recordaba un momento como aquel, en familia, en toda su vida. Y tenía esperanza que a partir de entonces todas las noches fueran igual de maravillosas…

Ernesto quedó agradecido por la visita y los cuentos, y fingió sorpresa ante lo que escuchaba, pero lo cierto es que sólo constataba lo que él ya sabía que iba a suceder, su magia hacía eso, su poder provocaba ese tipo de reacciones en sus clientes.

Su magia hacía eso… y mucho más.


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