9na entrega

 

En esta nueva entrega, la segunda dedicada a la saga de los Andaluins, elegí también el primer capítulo, porque es muy intenso y revela de arranque nomás, de que viene la historia. ¡Espero que les guste!!!


Los Andaluins

y el Rescate en Decadunol


Cap, 1: La primera desaparición...


Los zapatos gastados y rotos, al moverse sobre la dura superficie, apenas alcanzaban a levantar algunas pocas partículas de polvo.

El día estaba radiante... El cielo, completamente despejado, de un azul intenso e inmaculado. El Sol, clavado en el cenit del firmamento, producía una luminosidad deslumbrante y un calor absolutamente sofocante. El paisaje era, sin embargo, desolado y monótono. Yermo y sin la más mínima señal de vida, ni animal ni vegetal. Se podría decir que era un desierto, aunque ningún desierto de nuestro mundo podría compararse con éste. No era un desierto de arena, no, era rocoso: grandes planicies de roca y a lo lejos altas mesetas de granito puro; las distintas capas de piedra que las formaban, hablaban con claridad de las diferentes fases de la evolución del planeta.

Pero lo que más llamaba la atención era la ausencia absoluta de sonidos. Ni siquiera soplaba el viento. Quizás así fuera la superficie de la Tierra hace millones y millones de años.

 

–No chicos, creo que nos equivocamos– dijo la voz que, seguramente, constituía el primer sonido emitido en aquel lugar desde su formación–. Éstas no parecen ser las sabanas africanas. Debimos haber tomado la cueva equivocada... ¡Pero no me miren así!, no es mi culpa que ese maldito Recinto cambie constantemente la ubicación de sus cuevas. Tal vez tomamos por alguna cueva temporal que nos llevó al pasado, ¡muuuuy, muuuuy lejano!

 

El personaje parlante, dueño de los zapatos gastados, definitivamente no tenía nada que hacer en aquel inhóspito lugar. Parecía como una mancha de chocolate en una camisa blanca.

Alto, flaco, muuuy flaco, lucía un ridículo paraguas oficiando de parasol, remera estirada, a rayas blancas y rojas, suelta por afuera de una bermuda beige y con el cuello desbocado, zapatos marrones de cuero y medias blancas caídas.

Llevaba menos de cinco minutos en aquel lugar pero ya estaba agotado y sudoroso. A pesar del contratiempo no se mostró de mal humor, al contrario, parecía entusiasmado y divertido. Le hablaba a dos enormes perrazos, ovejeros alemanes, que le acompañaban.

–Esta es mi primera incursión por las cuevas del Recinto, y todo tiene que salir bien. Papá confió en mí y no lo puedo defraudar. Siempre lo manda al Adoquín de “salida” y esta es mi oportunidad de demostrar que yo también estoy preparado para sacarlos de práctica..., pero... ¿me están oyendo, o le estoy hablando al aire?

Los perros no lo escuchaban: con las orejas paradas y completamente inmóviles se mantenían en guardia. Miraban al horizonte como presintiendo algo. Todos sus sentidos alertas les advertían que algo andaba mal. ¿Pero qué podría andar mal en un lugar totalmente deshabitado?

De repente, como cortando con un cuchillo el perfecto cielo, vieron aparecer una pequeña luz que se movía a gran velocidad, dejando una estela de humo detrás, y se agrandaba rápidamente como si se estuviera dirigiendo hacia ellos.


–Es un meteorito, seguramente entrando en la atmósfera terrestre, y por el rozamiento con el aire se vuelve incandescente. Lo estudié en la escuela –dijo en voz alta como dando una clase–. Parece que se dirige hacia aquí. Pero no, no puede ser..., eso es imposible. ¿Cuáles serían las probabilidades de que un meteorito se estrellara justo sobre los tres únicos seres vivos de un gigantesco planeta...? Y sin embargo... No, no sería..., pero sí..., SÍ... ¡SÍ, VIENE HACIA NOSOTROS Y VA A CHOCAR! ¡CORRAN POR SUS VIDAS!

 

Los tres comenzaron a correr, desesperados,  en distintas direcciones. Un par de segundos después el meteorito entraba en colisión con la superficie dura del planeta, en el lugar exacto donde momentos antes se encontraban parados los únicos seres vivientes en todo el planeta, en ese momento.

El impacto fue tan brutal que la onda expansiva alcanzó a los tres intrusos y los arrojó como a treinta metros de distancia, mientras millones de esquirlas de piedras y chispas los golpeaban por todo el cuerpo, lastimándolos. La paz en aquel extraño y remoto planeta estaba, definitivamente, quebrada.

Unos interminables minutos después, el Varilla, porque así es como lo llamaban, logró mover una de sus manos. Sintió la suave y húmeda lengua de sus perros recorrer su sucia cara. Lentamente y con trabajo pudo sentarse y abrazar a sus canes. Los revisó: se encontraban bien, magullados pero sanos. Él estaba fatal: todo raspado y quemado, con la ropa en jirones. Pero no parecía tener nada roto.

Se incorporó y se acercó al extraño objeto caído del cielo: era negro, con forma de huevo y del tamaño de un hombre. No se animó a tocarlo, seguramente todavía estaba súper caliente.

–¡Pero qué increíble casualidad! Es como para el libro Guinness de los records. Nos salvamos por un pelito realmente. Después de esto ya nada nos puede pasar...

No acababa de decirlo cuando un ruido fuerte y seco los volvió a sorprender. Éste se multiplicó por efecto del eco. Los perros arrancaron a ladrar furiosos. Ahora el meteorito presentaba una visible grieta.

La rajadura producida en la superficie comenzó a extenderse y a multiplicarse hacia todos lados.

–¡Hey, chicos!, calma. Tranquilos... solamente se está quebrando. Es normal después de ese tremendo golpe... Además venía muy caliente y se contrae al enfriarse.

Unos fuertes golpes desde el interior del objeto lo sacaron de sus cavilaciones.

De repente, en uno de esos golpes, se desprendió un trozo de roca y emergió del “huevo” un enorme y aterrorizante pico.

–¡Oh, oh! –dijo el flaco, mientras miraba paralizado la forma en que el pico iba retirando pedazos de la roca como si se tratara de una verdadera cáscara. Los perros seguían ladrando...

El extraño pájaro del espacio exterior quedó pronto liberado de su cárcel y estiró sus escamosas y repugnantes alas. Ahora lo pudo ver bien: era una especie de pterodáctilo, un dinosaurio volador, sólo que mucho más amenazante y terrorífico (si es que eso es posible). De color negro lustroso, alcanzaba un gran tamaño. Sus ojos eran enormes y rojos, el iris amarillo intenso. De ellos, parecían salir lenguas de fuego.

El muchacho se erizó, como si le estuvieran pasando un cubito de hielo por la espalda. Era una mezcla de fascinación y profundo terror. Sentía que los ojos del animal lo miraban fijamente... ¡Sí!, definitivamente lo estaban mirando.

Los perros se lanzaron hacia el recién llegado, atacándolo. Eso pareció hacer reaccionar al muchacho que salió disparado hacia la boca de la cueva que lo llevaría de retorno al "Recinto de las Mil Cuevas" Mientras corría, le gritaba a sus perros: ¡Vamos chicos, déjenlo!, ¡corran a la cueva!

El horrendo animal levantó vuelo separándose de sus atacantes y se lanzó detrás del larguirucho, que huía a grandes zancadas.

¡Qué espectáculo verlo correr al Varilla con sus largas y flacas piernas moviéndose quebradas y sin ninguna gracia! Sus rodillas se elevaban con un alocado ritmo casi hasta tocar sus codos. Su cabellera se meneaba de un lado a otro acompañando el bamboleo del cuerpo, y su boca exageradamente abierta, con la lengua afuera y recostada hacia un costado, inhalaba y exhalaba forzadamente.

Se estaba acercando a la entrada de la cueva, cuando se sintió como más liviano y rápido. Miró al suelo y notó que se hallaba a un metro del mismo y tomaba cada vez más altura, recién ahí sintió el terrible dolor en los hombros. Levantó la vista, y aunque sabía con lo que se iba a encontrar, vio con horror que había sido atrapado por el pichón de monstruo alado. ¡Quizás pensaba llevárselo para su nido y comérselo en el desayuno!

Intentó defenderse. Realmente lo intentó. Pataleó y golpeó hacia arriba con fuerza esas potentes garras que lo aprisionaban mientras gritaba desesperado: ¡suéltame maldito bicho deforme!

De repente el animal hizo un movimiento brusco que provocó que el flaco Varilla, instintivamente, se aferrara a las extremidades del animal como el náufrago se aferra a su salvavidas, mientras miraba asustado para abajo donde apenas se distinguían ya sus fieles amigos que habían quedado en tierra, ladrando, sin saber qué hacer. Al notar la enorme altura alcanzada se agarró aún más y dijo:

–¡Nooooo, mejor no..., no me sueltes...! Por favor, no me dejes caer…!–Y cerró los ojos.

 

Eso le impidió ver hacia dónde se dirigía el hoy extinto animal. En el cielo se había formado una extraña y solitaria nube oscura y a medida que se acercaban a ella, parecía emitir misteriosos rayos, truenos y palpitación de luces. A pesar de lo aterradora que parecía, el pajarraco no detuvo su vuelo, si no que, por el contrario, se dirigió al epicentro mismo de ella. Al entrar en la nube se produjo un fuerte resplandor y un estallido, que en un mundo de silencios como aquel pareció que se podría haber escuchado desde el más recóndito lugar. La nube desapareció instantáneamente y con ella el escuálido muchacho y su captor.

Los perros se miraron, volvieron a observar el cielo y mientras uno le aullaba a la muerte intentando ahuyentarla, el otro se echó en el piso en espera de la vuelta de su amo, gimiendo lastimosamente.

Lo que no sabían, es que él, jamás regresaría a ese lugar…



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