Cap. 1.- Sin lugar donde esconderse.
La grieta en la calle crecía y se desplazaba sobre la
superficie como una víbora caprichosa. El asfalto derretido, ya producía
burbujas e imposibilitaba la circulación de los autos que quedaban pegados a la
calle, mientras sus cubiertas también reventaban y se fundían con el asfalto.
Toda la calle se movía como si un gigante se despertara de
un largo sueño desperezándose bajo de ella, quebrándola y formando pliegues y
montículos. Las veredas seguían este alucinante movimiento y cantidad de hidrantes
reventaban dejando escapar su sangre cristalina, que al entrar en contacto con
el suelo producía un vapor que enturbiaba el ambiente.
La gente corría de aquí para allá sin rumbo cierto, sin
encontrar un lugar seguro donde refugiarse. Iban todos en grupos, sin
separarse. Algunos cargaban a los niños más chicos y los protegían del agua y
el calor con sus propios cuerpos. Salían corriendo de sus casas sin más que lo
que llevaban puesto. El lugar que fuera su refugio natural desde siempre era
ahora el lugar que representaba mayor peligro.
Al igual que las calles todo el suelo se movía y este
movimiento se trasladaba a los cimientos de las casas que también se
bamboleaban con peligro de derrumbe. Algunas, yacían ya en el piso.
Parecía un terremoto…, y uno bien grande, aunque jamás se
había visto uno en esta parte del globo terráqueo. ¡Ojalá lo hubiera sido!
Porque los terremotos, por más fuerte que fueran, en algún momento terminan,
acaban. Dejando tras de sí un escenario de destrucción y muerte, es cierto, pero
llegan a su fin.
Este fenómeno de la naturaleza jamás se había vivido en
nuestro mundo desde su nacimiento, hace más de diez mil millones de años y no
tenía miras de terminar. Más bien se mostraba empecinado en destruirlo…
El sol parecía estar en ebullición, como con una actividad
descontrolada y por momento parecía hacerse más grande y su luminosidad más
brillante. Imposible mirarlo directamente ni con filtros especiales… El sol,
increíblemente, parecía que se estaba prendiendo fuego.
Miles, millones de insectos salían a la superficie, dejando sus cuevas, en busca de un lugar seguro provocando una estampida en miniatura. Gusanos, hormigas, ciempiés, cascarudos, babosas y otros bichos se desplazaban de aquí para allá buscando algo que no encontrarían...
Las aves y los animales domésticos también vagaban sin
rumbo. Los pájaros caían del cielo cansados y abatidos por el gran calor. Los
perros echados y gimiendo de miedo…
Las hojas de los árboles se secaban como en cámara rápida y
comenzaban a prenderse fuego. Incluso los techos de algunas de las antiguas
casa del Prado, de madera, entraban también en combustión espontánea a causa
del gran calor.
Ahora había focos de fuego desparramados por todos lados,
grandes focos de fuego. El humo se mezclaba con el vapor de agua creando una
atmósfera pesada y tóxica donde se hacía muy difícil respirar.
La visibilidad se hacía a cada
minuto menor, apenas se alcanzaba a ver a unos treinta metros.
¡Y el ruido…! El crepitar de las llamas se mezclaba con el
ruido del agua de los hidrantes fluyendo con fuerza, las alarmas de los hogares
y vehículos que sonaban desbocadas, los gritos de desesperación y terror de la
gente y el rugido de dolor de la tierra quebrándose.
¡Y el olor!, nauseabundo y repulsivo. De algunas de las
innumerables grietas que se abrían en el suelo reseco, emergían aguas servidas
apestosas y hediondas… Parecía que la tierra le estaba devolviendo al hombre el
producto de cientos de años de contaminación.
La gente ya no corría. No había para donde, y a causa de la
escasa visibilidad corrían el riesgo de caer dentro de las enormes grietas que
se abrían en la tierra. Además, ¿adonde irían? No existe un lugar en el mundo
que pudiera protegerlos de esto… Entonces, se apiñaban resignados en pequeños
grupos, abrazándose y brindándose valor y consuelo.
Todo el barrio estaba igual, toda la ciudad presentaba el
mismo paisaje y el resto del país no estaba ajeno a este terrible fenómeno. Y
si alguien hubiera estado mirando la tierra desde el espacio hubiera visto que
todo el mundo estaba igual…, la tierra parecía que se estaba quebrando en mil
pedazos...
Solo una casa se mantenía de pie en medio de toda este
pandemonium apocalíptico… una casa mágica: la casa de los abuelos. La casa de
Papo y Nani. Ésta se movía como una gelatina y por momentos amagaba que se iba
a derrumbar pero luego se acomodaba con un gran esfuerzo. La casa mágica del
Prado estaba dando lucha, cumpliendo con su objetivo fundacional: cuidar a sus
ocupantes, a su querida familia. Pero no iba a aguantar mucho más, poco a poco
algunos pedazos de mampostería se desprendían y caían al suelo. De repente, una
lengua de fuego logró conquistar el techo y trató de extenderse por él… pero
una especie de mano semitransparente salió por la chimenea y golpeó el fuego apagándolo.
La casa se defendía... Otra lengua de fuego apareció por otro lado…, y luego
otra…, y otra. La mano mágica intentaba apagarlas a todas pero eran cada vez
más. La fuerza de la naturaleza parecía imponerse. Siempre lo hace, siempre lo
logra…, no es un enemigo que alguien quisiera tener.
-¡Corran! ¡Por aquí! –Se escuchó gritar, mientras dentro de
la casa también se estaban desprendiendo pedazos de pared y cielorraso que
caían al suelo provocando fuertes estruendos. Las grandes armaduras de hierro protegían
al grupo, cuando éste pasaba a su lado, sosteniendo las paredes y evitando, con
sus escudos, que los proyectiles los golpeasen -. ¡Rápido, todos para abajo!
El
grupo bajaba corriendo por las escaleras. Eran tres niños, una mujer y un
hombre.
-¡Al recinto, todos al recinto! –gritó Jazmín que venía
dirigiendo al grupo. Atrás la seguían sus tres hijos: Lucía, Tomás y Santiago.
Papo corría detrás del grupo cerrando la marcha.
Corrían desesperados, como si los siguieran mil
demonios…Venían corriendo cuando un gran pedazo de cielorraso se desprendió del
techo. Se escucho un grito de alerta que pareció salir de las paredes de la
casa: ¡cuidado! Pero no llegó a
tiempo y Jazmín cayó aplastada por los grandes pedazos de revoque.
-¡Mamá! –gritó
Luli que venía tras de ella.
-¡Es..., estoy bien! ¡No se detengan!
-¡Espera te sacaremos! –dijo Tomi en cuanto llegó al lugar.
-¡No, no hay tiempo! Deben seguir..., tienen que llegar al
recinto –contestó la madre de los chicos.
-¡No mamá, no te dejaremos! –gritó Santi.
-¡Papo, lléveselos! ¡Tienen que seguir, tienen que usar los
portales! –insistió la mujer.
-Vamos, chicos. Su madre tiene razón. La ayudaremos mejor
si logramos llegar al recinto… -dijo el abuelo.
-¡Corraaaan!
–gritó Jazmín.
-¡No! Yo me
quedo. Mami no se va a quedar sola en este momento. ¡Sigan ustedes! –dijo
Santiago.- Luli…
-¿Si, Santi?
-Llévale esto. Dáselo cuando lo veas… Sé que me va a gustar
–y el niño sacó un pequeño paquete de su mochila y se lo dio a su hermana.
Luego se sentó al lado de su madre y la abrazó con fuerza. Apoyó la cabeza de
Jazmín en su regazo y los dos se prepararon para lo peor.
La carrera se reinició luego de que los otros dos niños se
despidieran de Jazz y Santi. Papo tuvo que sacarlos a los empujones para poder
separarlos.
Pasaron por conocidos corredores y cruzaron cuartos que en
otro momento les habrían revivido felices recuerdos de cosas que les sucedieron
en aquella magnífica y mágica casona. Esta vez, al contrario de lo que les
pasara a los chicos cuando llegaron a la casa, el camino al recinto parecía
hacerse más corto y rápido. Ésta vez la casa los ayudaba a llegar a su destino.
Ahora Tomi llevaba la delantera. Papo los seguía como
podía. Si bien conservaba una agilidad asombrosa, no se podía comparar con la
de los chicos.
De repente delante de Tomi la casa se quebró en dos
abriéndose en una gran grieta que parecía llegar hasta el centro mismo de la
tierra. Un grito desgarrador se dejó sentir, la casa parecía manifestar dolor,
como si fuera un organismo viviente. Una nube de gas caliente salió de la
grieta entorpeciendo la visión del niño que no tuvo tiempo de detenerse en su
alocada carrera y cayó dentro…, al vacío…
-¡Tomiiii! –grito
su hermana al verlo ser tragado por el piso. Se arrimó al borde de la grieta y
miró hacia abajo. Allí lo vio, unos tres metros más abajo. Su hermano había
logrado asirse a un cable de electricidad y colgaba de éste.
-¡No te muevas, vamos a rescatarte! –dijo la niña.
-¡Nooo..., no lo hagan! ¡No deben perder tiempo! Tienen que
llegar al recinto… –gritó el niño.
-¡No te dejaremos!
-¡Luli, por favor! Escúchame y no me interrumpas. Debes de seguir con Papo y llegar al Recinto. No puedes perder ni un solo minuto, si no consigues entrar al portal, todo estará perdido... ¡Será el fin del mundo!
-¡Tomi, por favor! No puedo dejarte aquí… ¡No
voy a dejarte aquí! -sollozó la niña.
-¡Luli, sálvate y sálvanos! –y se soltó del cable dejándose
caer al vacío.
-¡Noooooooo, Tomiiiiiiiiiiiiiiiii...!
Luli vio como su hermano se soltaba del cable y sin emitir sonido, con una sonrisa triste en sus labios, se precipitaba al abismo alejándose de ella.
-¡Vamos Luli! Tenemos que seguir. Tomi se sacrificó para
que nosotros podamos llegar. Que su sacrificio no sea en vano –le dijo Papo
mientras la tomaba por los hombros y la obligaba a levantarse. La niña tenía su
hermosa carita bañada en lágrimas…, en menos de unos minutos había perdido a
toda su familia. Pero debía seguir, debía de ser fuerte. Existía una esperanza
y debía hacer todo lo posible por tomarla. Y además, aún estaba Papo con ella.
Finalmente llegaron al Recinto. Éste estaba sufriendo
también los efectos de este terrible fenómeno natural. La cúpula a pesar del
momento de destrucción no mostraba signos especiales, el color de la misma
tiraba más bien al celeste, pero ellos en ese momento no pudieron detenerse a
analizar ese detalle.
Papo se dirigió a Rumbos, el fantástico artefacto que
permitía viajar a través de los portales en el tiempo y el espacio. De un salto
se instaló en el centro y comenzó a marcar unas coordenadas…
La luz comenzó a concentrarse en el centro de la cúpula y
bajó bañándolo a Papo. Luego unos rayos salieron hacia los distintos portales…
Uno de ellos comenzó a abrirse… De repente un sacudón de la tierra pareció
cortar esta mágica luz, provocando una fisura enorme en la roca de cristal de
la cúpula y el portal detuvo su apertura. "¡Por favor, no!", se le
escuchó decir al abuelo. Como si se hubiese tratado de un corte de luz y de
repente se restableciera el servicio eléctrico, aparecieron nuevamente los
rayos de luz y el portal se abrió por completo…
-¡Vamos, Papo! ¡Rápido, ven! El portal ya se ha abierto…
-gritó Luli.
-¡Allí voy! –contestó.
Antes de que pudiera salir de Rumbos un pedazo de la gran
cúpula de roca-cristal se desprendió y cayó sobre el abuelo que sólo atinó a
agacharse para protegerse. El gran pedazo de roca cayó sobre el artefacto
mágico atrapando a Papo en el círculo interior del mismo.
-¡Papoooo!
–gritó Lucía mientras corría hacia Rumbos.
-Aquí estoy, Luli. Dentro de la anilla central.
-¿Estás bien?
-Ssss…, sí…, creo que sí –contestó éste. –Pero quedé
atrapado dentro de Rumbos y no puedo mover esta roca.
-Espera que te ayudo –dijo la niña.
-¡No, no lo hagas! Luli…, este lugar se está derrumbando y
el portal se está cerrando. En segundos toda la cúpula se podría venir abajo.
¡No tenemos tiempo, chiquita! Tienes que seguir sola. Ahora tú eres nuestra
única esperanza…
-Pero Papo…
-Por favor, pequeña. Hazlo... Entra en el portal… ¡sálvate
y sálvanos!
Seis habían partido con una misión especial…, una misión de
la cual dependía el futuro del mundo y la humanidad toda. Cinco quedaron por el
camino… Cinco que entregaron sus vidas para que al menos uno consiguiese
alcanzar el objetivo: usar los portales…
Lo habían logrado, al menos una lo había alcanzado y ahora
todo dependía de ella.
La niña entró en el portal y mientras las grandes puertas
se cerraban alcanzó a ver, entre las lágrimas, cómo la cúpula de cristal de
roca del Recinto estallaba en miles de pedazos y todo se derrumbaba sobre su
abuelo…
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