Del libro “La
guerra y el soñador”, un libro que abarca el tema de la guerra y los niños,
como los afecta en sus costumbres, en sus juegos, en sus sueños… hoy les
presento el segundo capítulo:
2.- Los
Demonios.
Desde
pequeño su padre le había contado cuentos sobre la “gente del otro lado”
Hombres sin corazón, despiadados y capaces de cualquier maldad con tal de
conseguir sus objetivos. Seres sin conciencia, sin sentimientos, sin temor a la
muerte, sin temor a matar… parecía que el único tópico de conversación que
existía en la ciudad giraba en torno a los “seres del otro lado del muro”. En
la casa, en el colegio, de lo único que
hablaba con sus compañeros era sobre ellos y todos los cuentos infantiles
se
habían adaptado de acuerdo a esto; entonces si un niño no quería comer la
comida, en vez de el “viejo de la bolsa”, quién vendría a buscarlo para
llevárselo era el “el viejo del otro lado del muro”, en vez de “caperucita y el
lobo” era “caperucita y el demonio del otro lado del muro” El clásico infantil
“Humpty Dumpty” se había adaptado a “El huevo duro que cayó al otro lado del
muro y fue comido por los demonios” También había una adaptación de “Peter Pan
y el Mundo de Nunca Jamás” que para los chicos de Rael era “Peter Pan se fue al
otro lado del muro y no vuelve Nunca Jamás” El único libro cuyo título no había
sido modificado era el promocionado “La bella y la bestia”, que mantenía su
nombre original aunque se había modificado sí su contenido y la bella terminaba
siendo devorada por la bestia del otro lado del muro.
Era como si todas las cosas malas que sucedían en la ciudad fueran culpa de estos seres malignos, y en las maldiciones siempre se hacía alguna referencia al respecto. En Rael no se mandaba a nadie a freír patatas si no que se los mandaba a freír demonios, y cuando alguien quería realmente lastimar a otro insultándolo, seguramente le dijera ¡tu madre es una hembra del otro lado del muro! Y así decenas de maldiciones.
Cuando hacía
un calor sofocante era por culpa de éstos odiados seres y si llovía demasiado y
se producían inundaciones también a ellos se les adjudicaba tamaña catástrofe
natural.
Khuno no estaba seguro de que todo lo malo que sucedía en Rael fuera culpa de los seres del otro lado del muro, pero aun así, y pese a su corta edad, los odiaba con todo su ser. Pese a todos los cuentos e historias, le costaba creer que éstos seres miserables y deformes, tuviera poderes sobre el sol o las nubes, pero sí tenía muy claro que los seres del otro lado del muro había sido los causantes de la muerte de su madre. Esos seres bestiales y sin corazón, habían destrozado su vida, acribillando sin piedad al ser que más quería sobre la faz de la tierra mientras colgaba la ropa recién lavada en el fondo de la casa. Sabía que eran los causantes de casi todas las muertes que sucedían en la ciudad.
Ese mismo
odio era el que le daba el valor para enfrentar el miedo que le transmitían y
transformar esos monstruos del otro lado en muñecos de trapo a los que soñaba
golpear y destrozar. Sabía también que sería ese mismo odio el que le daría la
fuerza para enfrentarlos y destruirlos cuando llegase a la edad de combate,
dentro de otros ocho años, cuando cumpla los dieciséis… En ese momento estaría
maduro para empuñar un arma e ir a combate. En ese momento dejaría de ser un
niño para transformarse en un hombre…
Ocho años más… con dieciséis, los jóvenes Raelianos eran convocados a hacer el servicio militar y si bien no quería decir que fuesen a combatir inmediatamente, significaba que serían la reserva del ejército en caso de que ocurriera una eventual invasión del enemigo, cosa que no sucedía desde hacía ya dos años. Pero sí significaba entrenar y aprender las reglas de la guerra, aprender a manejar un fusil y llegado el caso, a utilizarlo.
Ahí estaba entonces Khuno, en la salida de la grieta al otro lado del muro, el lugar maldecido y temido era ahora el lugar a dónde estaba por entrar. ¿Estaría haciendo lo correcto? ¿Y si era verdad que una vez que se entraba a aquel lugar ya nunca se volvería a salir? ¿Y si lo atrapaban los seres deformes que se decía allí vivían? ¿Cómo serían? Se los había imaginado muy grandes y gordos, con los pelos todos desordenados, y grandes dientes que aparecían entre unos gruesos labios partidos. Las orejas sucias y exageradamente separadas de la cabeza, una nariz muy grande y de cuyas fosas nasales emergían unos desagradables pelos negros, gruesos y duros, los ojos hundidos, negros y pequeños, y a medio abrir, una única y tupida ceja y en general cubiertos de granos, lunares encarnados y puntos negros, embebidos por un aceitoso y fétido sudor. ¿Cómo serían realmente? Nunca habían logrado ponerse de acuerdo entre los amigos con respecto a este tema y cada uno se los imaginaba de una manera distinta. A menudo jugaban concursos de dibujo cuyo tema era dibujar a esos maldecidos vecinos. ¡Qué curiosidad sentía! ¿Era la pelota la causa real de su osadía o una simple excusa para satisfacer su curiosidad?
- ¡Qué
importa! Cualquier razón es válida y aprovecho para matar dos demonios de un
solo tiro (el dicho original es dos pájaros de un tiro, pero también éste está
adaptado) –dijo en vos alta y sin dudar más, salió al exterior.
- ¿Qué es
esto? –dijo mientras miraba alrededor. –Aquí también hay una franja descampada
y también está yerma y llena de cráteres. Y las casas también se hayan
retiradas. Son casas mucho más pobres que las nuestras, pero de igual tamaño
–relataba sin darse cuenta que lo hacía en voz alta. - ¡Y están mucho más
destruidas! –pensó. –No hay árboles por ningún lado, debe de hacer mucho calor
aquí, mucho más que de mi lado…
- ¿Qué hay de la gente? –continuó conversando consigo mismo. -No se ve a nadie de este lado, seguramente, al igual que de mi lado, la gente le da la espalda al muro y la vida transcurra hacia el otro lado de las viviendas… ¡Qué decepción! No voy a saber cómo son los malditos demonios… No, de aquí no me voy sin verlos…, aunque tenga que meterme a una casa. Pero antes mejor voy a buscar mi pelota, con tanto cráter no me va a ser fácil encontrarla –y comenzó a caminar.
Y no le iba
a resultar nada fácil encontrar su pelota, no tenía ninguna referencia que le
indicara por dónde había caído, ni qué tan lejos habría llegado. Pero eso no
iba a detenerlo…
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