¡Hola a todos!!! ¡Se viene la primer entrada del 2021!! Y seguimos con la saga de "Los Andaluins" Esta vez del 5to libro de la saga: Los Talismanes Sagrados. Y esta vez elegí el capítulo 12: El cuarto de Amanda... Amanda es un personaje emblemático de la saga, es la cocinera mágica que trabaja en la vieja casona del Prado. Ella se encarga, ayudada por sus artes mágicas, de todas las tareas domésticas y el mantenimiento de la antigua y enorme casa de los abuelos. Conozcámosla un poco más...


Saga de Los Andaluins

Quinto libro: Los Talismanes Sagrados

Cap. 12.- El cuarto de Amanda...

 

 

- Bueno chicos, a mi me entró el hambre –dijo Santi. -¿Vamos a merendar?

- Si, yo también tengo hambre –apoyó su hermana. -¿Vamos Luquis? 

Pero el pequeñazo se aferró más al perro, en una clara señal de que no pensaba irse de allí. Estaba demasiado divertido y no iba a permitir que nadie le arruinara la fiesta…

- Después volvemos chiquito, pero ahora vení con nosotros a tomar la lechita, ¿sí? –dijo con cariño Luli. Pero su hermanito hundió su cara en el pelaje suave de Tango.

- Guauuuu, grr, guau… -ladró/gimió el animal.

- Dice que lo dejes, que lo va a cuidar bien –tradujo Brawnie, el pequeño conejo. – Vayan tranquilos que nosotros tres nos encargamos del pichón de humano.

Luli lo evaluó un minuto pero Santi la cinchó del brazo intimándola a seguirlo.

Se sentó a la mesa tomó una tostada y comenzó a untarla con una mermelada colorada que le gustaba mucho.

- ¡Huacala! –exclamó el muchacho. -¡Aman! ¡Esto está lleno de bichos…!

- ¡Qué asco! –se horrorizó Luli. La mesa estaba llena de todo tipo de bichos, la mayoría totalmente desconocidos para ellos, aunque pudieron reconocer varios ciempiés, cucarachas, hormigas y alguna araña, entre otras cientos de especies.

Amanda entró corriendo y al ver lo que estaba pasando. Quedó paralizada por la sorpresa.

- ¡Aman, hay más bichos adentro que afuera! –exclamo el niño.

-¡No puede ser! ¡Nooooooo…! –gritó la mágica anciana y salió corriendo. Los chicos salieron tras ella. Atravesaron la cocina y entonces vieron que en el piso, contra la pared, una hilera de cientos de insecto, atraídos por los alimentos, se dirigían hacia donde merendaban.

Salieron de la cocina hacia un hall de distribución. En una de las paredes había una puerta que conducía al comedor, en otra una escalera que subía al segundo piso y la otra pared era ciega, con un perchero en el centro. En el zócalo de esa pared había un agujero y desde allí precisamente salían los cientos, ahora miles, de insectos. Amanda accionó un mecanismo secreto y la pared se corrió por completo. En cuanto la pared se abrió una nube de insectos voladores los cubrió totalmente y fue sólo por un hechizo de la bruja que no terminaron completamente picados y mordidos. Se trataba de los temibles "Draburtis voladores", unos insectoides mezcla de gran avispa con iguana pasada de rosca y con un humor de todos los diablos. Además de morder con sus afilados dientes podía también clavar su aguijón que a diferencia de las abejas, pueden hacerlo varias veces, produciendo una inflamación realmente desfigurante y de un color púrpura muy intenso. Afortunadamente los reflejos de la bruja se mostraron muy veloces e inesperados para los chicos y el hechizo evitó males muy graves.

La pared trampa dejó libre un fino corredor que daba a una desvencijada puerta. Paredes, cielorraso y piso, estaban tapizados por miles de insectos de todo tipo, color y tamaño. Luli no se atrevió a atravesarlo, pero Santi siguió a su cocinera de cabecera hasta la puerta y juntos se introdujeron en un pequeño cuartucho que estaba lleno de frascos, jaulas, cajas, recipientes y macetas con distintos tipos de plantas. También allí se había producido un verdadero desastre: jaulas abiertas,  cajas tiradas por el piso frascos rotos…

La cara de la bruja estaba desenfocada por la desesperación, y la impotencia la ganó por un instante, pero sólo fue eso, un instante. Luego levantó sus manos y proclamó:

 

“Retornatum, tatum tu, in sic retornatum, a sus lugares prontamente volveratum”

 

     Entonces como atraídos por una fuerza magnética invisible, la marea de insectos y bichos voladores comenzaron a volver en contra de su voluntad a sus lugares como si alguien hubiera puesto la reversa en una vieja película de terror. Incluso uno de los bichos voladores, de estos peligrosos Draburtis, para evitar ser presa del hechizo y escapar del nuevo encierro inminente, se aferró del marco de la puerta. Sus patitas traseras y su larga cola, volaban locamente succionadas hacia la jaula donde ya estaban todos sus congéneres pero parecía que iba a lograrlo, que no iba a correr la misma suerte, hasta que Santi lo vio, y mandó adentro de su jaula de un manotazo. Al cabo de unos segundos todos los insectos habían regresado a sus respectivos lugares, y el cuarto volvía a estar ordenado, si es que cabe ese adjetivo a aquel amontonamiento de cosas.

- ¡¿Que…, que lugar es éste, Aman!? –preguntó Santiago alucinado con el nuevo descubrimiento, mientras Luli llegaba, ahora que el paso estaba liberado. Ella también quedó alucinada aunque con una importante cuota de asco…

- Bueno es… mi… ¡Bienvenidos a mi dormitorio!

¡El cuarto de la bruja Amanda! De pronto los chicos tomaron conciencia de que nunca se habían preguntado sobre el lugar donde dormía la cocinera, y no porque fuera un lugar que careciese de interés, ¡por el contrario!  Y ahora estaban en él… Superaba cualquier idea que se hubieran podido hacer al respecto, de haber intentado imaginarlo. Estaba lleno de cosas, algunas asquerosas y otras alucinantes, amontonadas unas sobre otras ordenadas de forma caprichosa. Del techo colgaban ollas de distintos tamaños, manojos de hojas, palos, ramitas y flores resecas y exóticas…

En un viejo latón de galletas, había trozos de pan viejo y húmedo, con una pelusa de hongos verdes que los cubría. Moviéndose dentro del pan miles de larvas blancuzcas, vivían. En la otra punta un acuario lleno de agua azucarada y con una lámpara iluminándola todo el día, decenas de miles de diminutas aguavivas nadaba de un lado para otro. En un frasco grande de vidrio, cientos de extrañas babosas se amontonaban unas sobre otras, en los bordes del vidrio se formaba una brillosa película de baba violácea. Había una jaula con unos seres alados muy extraños, una maceta con pequeñas plantas carnívoras que intentaron morder en la nariz a Luli cuando se acercó a mirarlas, botellones con extraños fluidos, algunos de los cuales escondían seres que no alcanzaron a ver pero que vieron moverse, y muchas cosas extrañas más por donde miraran. Santi estaba fascinado y no dejaba de revisar cada recipiente que podía, mientras que Luli, encandilada y más precavida que su hermano miraba todo con cara de arcada sin acercarse demasiado a ninguno.

- ¡Estuvo aquí! El maldito estuvo aquí –maldijo la bruja. –Si llego a poner mis manos sobre él…

-¿Quién estuvo aquí? –preguntó Luli.

- ¡El intruso, ¿quién más?! Vino en busca de comida, evidentemente. Y sin dudas se pegó un flor de atracón…

- Pero eso no es posible, la casa lo hubiera sabido.

- Es que cuando llegué a esta casa, lo primero que hice fue un hechizo de ocultamiento para que la casa no pudiera ver lo que yo hacía en mi cuarto. ¡No me gusta que me anden fisgoneando! Y una necesita su privacidad… Debí haberlo sospechado cuando la casa perdió su rastro cerca de la cocina, pero lo había olvidado. Ya han pasado más de cien años, ¿saben?

Santiago, que no las escuchaba a pesar de que las tenía casi pegadas, no dejaba de revisar cajas, damajuanas y todo lo que tenía a mano.

- ¡Esto es alucinante Amanda! –dijo de pronto. –Pero no puede ser su dormitorio…

- ¿Y porqué no?

- Porque apenas si cabemos nosotros tres parados y no veo ninguna cama por aquí. A no ser que usted también duerma dentro de alguna de éstas cajas.

- Cómo se le ocurre señorito, ¡noooo! Yo duermo allí –aclaró señalando el techo. Los chicos miraron hacia donde señalaba pero sólo alcanzaron a ver un palo grueso colgando de las vigas del techo.

- ¿Allí, en ese palo? ¿Cómo puede dormir allí? –preguntó Lucía.

- Como todas las brujas de mi especie, ¡colgadas! –respondió como si fuera lo más normal del mundo.

- ¡Colgadas, qué incómodo! ¿Y cómo se cuelgan?

- Incómodo nada… ¡Miren que una tengo almohada, ¿eh?!

- ¡Y para qué le sirve, si no tiene nada donde apoyarla! –observó Santi curioso.

- ¡Para abrazarla, obviamente! Toda mi familia lo hace de la misma forma, nos colgamos de los pies y entonces tenemos las manos libres para abrazar cosas que nos gustan, como la almohada o peluches… ¿Somos astutas no? Otras brujas se cuelgan de las manos entonces no pueden hacerlo… Pero ese es nuestro secreto, ¿saben? No queremos que todas nos copien…

- ¿Y porqué lo tiene lleno de cosas?

- A las brujas nos gusta tener nuestras cosas, los ingredientes de nuestras pócimas, bien cerca nuestro. No me imagino mi cuarto sin todo esto…

- ¿No serán también los ingredientes para sus exquisitas comidas no? –preguntó Luli deseando que la respuesta fuera negativa.

- ¿Por supuesto? ¿Por qué no habría de tenerlos aquí? –contestó muy suelta de cuerpo sin percatarse de las náuseas que había producido en la muchacha. – ¿Ven aquellas hojas de allí? Son un ingrediente fundamental para la pócima anti-transfiguración de Don Tulio.

En eso Santi, que seguía revisando cuanto recipiente tenía a mano, al moverse tiró un frasco que estalló contra el piso desparramando un líquido barroso y dejando al aire una cantidad de gusanos muy asquerosos. Los gusanos abrieron sus pequeñas bocas chillando y ahogándose al no poder respirar el aire.

- ¡Hay Amanda! Pídale al abuelo un cuarto más grande, acá uno no se puede ni mover… –protestó Santi. –Si usted no se atreve yo lo hago por usted.

-Pero es que se ha cansado de ofrecérmelo y yo no he dejado de negarme –dijo mientras ordenaba el destrozo con un nuevo encantamiento. –No dejo este lugar por nada del mundo. Si realmente quisiera un lugar más grande bastaría con un “hechizo empequeñecedor” y esto podría transformarse en un mundo nuevo…

- Si, viéndolo así tiene razón. ¿Y está segura que todos los bichos han regresado a sus lugares? –dijo con un escalofrío la muchacha.

- Segura segura, no. Pero si faltan algunos, son muy pocos.

- ¿Y no puede contarlos a ver cuántos le faltan?

- No serviría de nada. El intruso se ha llenado la panza con ellos y aunque los cuente nunca podré saber cuántos se comió para sacar las cuentas exactas… Además muchos de éstos seres son hermafroditas y de reproducen a sí mismos.

- ¡Maldición! –exclamó Luli -Otra noche sin dormir… ¡Cómo lo extraño al Tomolo! Él sabría como reconfortarme en un caso como este.

- ¡Oye, que me tienes a mí! –dijo Santi ofendido mientras apoyaba su manos en el hombro de su hermana. –Puedo animarte tanto como él.

- Si mi Santito, lo sé –respondió abrazándolo. –Es que me siento muy segura cuando los tengo a los dos. Es como si me faltara una mano…

- Descuida, yo también lo extraño. Pero ya falta poco. Mañana regresa, y tengo unas llaves torcedoras que estuve practicando y perfeccionando todos éstos días, de las que no se va a poder desenredar…

- Ojalá se esté divirtiendo mucho.

- ¡Jajaja! –rió el muchacho.

- ¿De qué te ríes?

- De cómo se va a poner cuando se entere de todo lo que se ha perdido.

- Si es cierto. Él está tan orgulloso de conocer más cosas y lugares que nosotros...

- ¡Qué fui yo sólo a Degenmon! ¡Qué conocí monstruos alucinantes! ¡Hasta qué me hice un amigo nuevo allí! –imitó la voz de su hermano. –Cuando quiere se pone muy latoso… Pero ha llegado la hora de mi venganza, ¡jajajajaja! Quiero ver su cara cuando le cuente que conocimos a Ulises el Gran Veedor que pasa sólo una vez cada siete años, qué fui yo solito a Magijall, que descubrimos el dormitorio de Amanda… ¡Y que el verdadero nombre de Papo es Gregorius! Se va a morir de la envidia…


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