En esta oportunidad, elegí otro cuento de terror, "El cangrejal", segundo cuento del libro "Terror en el fogón". Y no es que esté obsesionado con el terror, pero reconozco que es un género que me apasiona. Igualmente prometo que para la semana próxima vamos a cambiar de género..."El cangrejal" sucede a orilla del río Solís Grande, en el departamento de Maldonado, y debo decir que está inspirado en los muchos veranos que pasamos esa la zona, con toda la familia. ¡Cómo olvidar aquellos dulces momentos, en que todo parecía más fácil...!
"El cangrejal"
Roque es un chico muy
inquieto, de carácter fuerte y una cierta cuota de violencia contenida que no
tiene problema en dejar escapar, cuando la ocasión se presenta, contra algunos
compañeros de colegio o contra sus dos hermanos menores. Este Agosto cumplió 12
años… En verano toda la familia se traslada a un pequeño campo, propiedad del
padre de Roque, un ingeniero agrónomo dedicado a la ganadería, en las cercanías
del Río Solís Grande.
El Río Solís separa los
departamentos de Canelones y Maldonado, y su desembocadura al Río de
El campo del padre de Roque
está lejos de la desembocadura a unos tres kilómetros. Allí el agua es mucho
más tranquila y si bien Roque tiene prohibido bañarse sin la supervisión de sus
padres, se le permite ir hasta el río a jugar. Mejor correteando en el río que
molestando a sus hermanos, pensaban sus padres.
A Roque le encantaba ir al
río, cada vez que podía se dirigía hasta allí después de una caminata de veinte
minutos a través del campo. La razón era muy clara, en las orillas del río
había un gran cangrejal. Una comunidad de decena de miles de cangrejos. ¡Allí
Roque podía dar rienda suelta a su naturaleza violenta! Y munido de un buen
palo de madera recogida en el monte cercano, atacaba a los pequeños crustáceos
con saña verdaderamente asesina, diezmando la población de cangrejos. El primer
día de verano en el campo, en particular, era un día que Roque disfrutaba
sobremanera ya que luego de casi un año sin ataques, los cangrejos confiados, volvían a retozar al calor de la playa y esta se encontraba atestada de estos
pequeños y pinzados animales. Ese día, él tomaba la precaución de ir a
hurtadillas hasta el borde mismo de la playa, protegido por la vegetación de
forma de tomar por sorpresa al mayor número posible de cangrejos.
Pero este año fue distinto
de los últimos cinco, ya que él desde los nueve que practicaba este “deporte”,
como a él le gustaba llamarlo. Este año la playa estaba desierta, completamente
desierta… No había ni un solo cangrejo, ni cerca ni lejos. Sorprendido comenzó
a recorrer la playa en incluso se metió al agua en busca de las bocas de sus cuevas ¡pero tampoco encontró nada! No podía ser… ¡Como habían sido capaces de
abandonarlo! ¡Qué desconsideración tan grande! ¿Y ahora que hacía con toda
aquella violencia acumulada que tenía en el cuerpo? No le fue difícil volcarla
contra las gallinas, alguna oveja, sus hermanitos (pobres víctimas de hoy y de
siempre) e incluso contra su madre, una vez que llegó de regreso a la casa.
Toda esa frustración al no encontrar a los cangrejos se transformó en una rabia
incontrolable que desató sobre su familia como un huracán de viento y arena.
Solo su padre pudo controlarlo en la tarde cuando volvió de trabajar.
-No, los cangrejos no
desaparecieron. Sólo se mudaron… -contestó el padre ante la consulta de Roque
sobre la extraña desaparición de los crustáceos.
-¡¿Se mudaron?! ¿Cómo que se
mudaron? –preguntó desesperado, imaginando que sus días de masacre ya nunca
volverían a repetirse. – ¿A dónde se fueron?
-No se fueron lejos, están
en el recodo del río, ahí donde está el islote, un poco más tierra adentro…
-¡En el recodo, claro! –dijo
sabiendo perfectamente a qué lugar se refería. No estaba lejos simplemente
había que tomar hacia la izquierda en el Eucalipto en vez de seguir de largo.
La vida pareció volverle al cuerpo…
-Por cierto que es muy
extraña esta migración de los cangrejos. Desde siempre estuvieron en la orilla
este del río… No soy un entendido pero todos los lugareños opinan lo mismo: ha
de haber aparecido algún depredador natural para provocar ese hecho en la
comunidad de los cangrejos. Pero no me imagino cuál pueda ser. No se ha visto
ningún ave o animal nuevo por la zona…
A la mañana siguiente, en
cuanto pudo abandonar la casa se dirigió nuevamente al río y al llegar al Eucalipto dobló a la izquierda. Durante la caminata se las arregló para
conseguirse un palo de buen tamaño, que fue pelando de corteza y pequeñas
ramitas. Quería estar pronto para que, al llegara a la orilla saltar sobre los
desprevenidos animales y darles esa masacre que el día anterior habían salvado.
Iba contento, como quién va a la heladería…, o como aquel que va a subirse a un
juego en el parque de diversiones, con la panza cosquilleándole y los nervios a
flor de piel. Así iba Roque, feliz al encuentro de sus cangrejos como si de una
novia se tratara, sólo que en este caso a la otra parte, los cangrejos, no les
espera nada bueno…
Pero no fueron los cangrejos
los sorprendidos al llegar a la orilla Este del río si no Roque mismo… Y es que
no había ni un sólo cangrejo retozando al sol en la orilla. Estaban todos en el
islote, tal cual se lo había contado su padre la noche anterior.
-¡Maldición! -¡Están todos
en el islote!– exclamó en muchacho. ¡Maldición, maldición…, maldición! –volvió
a gritar dejando escapar su frustración y la rabia que comenzaba a ganarlo.
Esto era peor a que hubieran desaparecido… Ahora los podía ver, estaban al
alcance de su mano, mas no los podía alcanzar… Los cangrejos parecieron
reconocer la voz de Roque y recordar (si es que es posible que un cangrejo
tenga memoria) que esa voz, o más bien que el emisor de aquella voz no venía
con buenas intenciones, ya que muchos de ellos lentamente y caminando de
costado como es su principal característica, se fueron metiendo dentro de sus
cuevas de barro, bajo el agua.
Roque quedó en la orilla
maldiciendo y despotricando por un buen rato hasta que se dejó caer impotente sobre
la húmeda playa de arena y barro.
-¡Malditos bichos! Si
pareciera que hasta se dieran cuenta que estoy acá y se estuvieran burlando –se
quejó y luego hizo de cangrejo -¡No puede, no puede, Roque no pude
alcanzarnos…! ¡Malditos bichos! Pero si creen que esto va a quedar así están
muy equivocados…
El muchacho tenía muy
presente la prohibición de entrar al río sin la supervisión de algún mayor, y
él tampoco es que fuera muy obediente que digamos… Pero también tenía muy claro
que la profundidad de la lengua de agua que separaba el islote de la orilla era
muy llana y la distancia de apenas veinte metros. En la parte más profunda
podría llegar a los
No lo pensó dos veces, ya se lo había imaginado y ahora el impulso era irrefrenable. Tomó el palo que tan pacientemente había pelado y se dirigió hacia el agua. A medida que se internaba en el agua, el suelo de la playa compuesto por arena y barro, dejaba lugar solamente al barro y ya a los pocos metros de la orilla comenzó a hundirse hasta la pantorrilla. Al hecho del suelo barroso, hay que agregarle que en ese preciso lugar y justamente por la presencia de los crustáceos cascarudos, el suelo es un verdadero queso gruyere a causa de las infinidades de galerías que éstos bichos construyen bajo el suelo del río. Es por eso que unos metros más adelante, comenzó a hundirse prácticamente hasta la rodilla y no sólo eso. Con cada paso que daba podía sentir decenas de cangrejos morir aplastados en sus cuevas por su causa. Sentía perfectamente como sus cuerpos cascarudos se quebraban como nueces con cada uno de sus pasos. Esto en vez de causarle una sensación de asco, le dibujó una sonrisa de satisfacción en la cara. ¡Ya había comenzado la masacre…!
Llegó
un momento en el que ya se hacía imposible caminar, el barro parecía intentar
detenerlo y al intentar sacar cada uno de sus pies al caminar se producía un
efecto de vacío que para quebrarlo tenía que hacer un gran esfuerzo… Decidió
entonces flotar sobre el barro ayudándose con sus manos para avanzar, como
había visto hacer a otros chicos, años atrás... Ahora su cara estaba
prácticamente en la superficie del agua y podía ver, en la parte más llana del
trayecto a muchos cangrejos que ahora estaban casi a su altura. Extrañamente
los cangrejos no se hundían dentro de sus cuevas al verle pasar, si no que lo
seguían con sus ojos retráctiles atentamente. Esto le llamó la atención, estaba
acostumbrado a que corrieran desesperados de costado cada vez que aparecía en
la playa. Supuso que el cambio de conducta se debía a que ahora estaban en su
elemento.
¡Bah! ¡Qué diablos me importa lo que hagan! –pensó. –Igual cuando llegue a la playa y me pueda parar los voy a destruir con mi palo…
Y entonces le pareció sentirlo..., como un pequeño
pellizcón en el muslo derecho. “No, debe de haber sido el raspón contra alguna
ramita del suelo” pensó desestimando completamente la posibilidad de que alguno
de aquellos inofensivos animalitos, se hubiera atrevido a pellizcarlo a él,
justamente a él, el dios destructor de los cangrejos… Pero enseguida volvió a
sentirlo… ¿Podría ser posible que hubiera un cangrejo que lo estuviera
pellizcando? Antes de que pudiera volver a cuestionárselo recibió tres
pellizcones más, y la respuesta a su inquietud vino de la forma más violenta
que él se hubiera atrevido a imaginar. De repente cientos, ¡no miles! de cangrejos
se lanzaron sobre el ahora indefenso Roque convirtiendo esa parte del río en un
hervidero de sangre y muerte. Miles de pellizcones comenzaron a descarnar al
muchacho que no entendía lo que pasaba y no tenía cómo defenderse… Intentó
erguirse pero se hundió más en el barro, tampoco podía nadar o sumergirse para
escapar de aquella carnicería. Solo atinó a gritar, a gritar tan fuerte como
sus pulmones le permitían. Y su grito se extendió por sobre la superficie del agua
pero pronto comenzó a extinguirse al llegar a la vegetación más pesada del
campo. Siguió gritando desesperado hasta que un cangrejo, más osado que el
resto se introdujo en su boca y de un solo pinzaso, le extrajo la campanilla
limpiamente. Y se movió como un loco, pero con cada movimiento se iba hundiendo
más y más en aquella trampa de barro y agua…
Al mediodía, la madre de
Roque se cansó de llamarlo para que fuera a almorzar, mientras en el río, los
cangrejos había ya dado cuenta del infeliz de cual emergía de la superficie tan
sólo su pié izquierdo. Pronto su osamenta quedaría completamente hundida en lo
más profundo del barro y pasaría a formar parte de la interminable red de
galerías subterráneas de los cangrejos.
Ya nunca nadie volvería a
saber del pobre Roque y su violenta naturaleza juvenil…
Un consejo: no maltrates, ni lastimes animales por diversión… No importa el tamaño ni la utilidad, uno nunca sabe cuándo te la van a devolver.
Y otro: Si están por el río Solís, no se metan al agua en la zona del cangrejal, podrían no volver a salir jamás!!
Y otro más: si se bañan en la desembocadura tengan cuidado con el “Gusano
Cristalino”, podría atraparte y morir ahogado… Pero eso es otra historia...
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