Martes 16/9/20 2da Publicación

En esta oportunidad, elegí otro cuento de terror, "El cangrejal", segundo cuento del libro "Terror en el fogón".  Y no es que esté obsesionado con el terror, pero reconozco que es un género que me apasiona. Igualmente prometo que para la semana próxima vamos a cambiar de género...

"El cangrejal" sucede a orilla del río Solís Grande, en el departamento de Maldonado, y debo decir que está inspirado en los muchos veranos que pasamos esa la zona, con toda la familia. ¡Cómo olvidar aquellos dulces momentos, en que todo parecía más fácil...!

Los que no la pasaban nada bien, eran los pobres cangrejos, y visto en perspectiva, quizás nos merecíamos un castigo como el que sucede en este cuento... Espero que lo disfruten...

                        

"El cangrejal"

 

Roque es un chico muy inquieto, de carácter fuerte y una cierta cuota de violencia contenida que no tiene problema en dejar escapar, cuando la ocasión se presenta, contra algunos compañeros de colegio o contra sus dos hermanos menores. Este Agosto cumplió 12 años… En verano toda la familia se traslada a un pequeño campo, propiedad del padre de Roque, un ingeniero agrónomo dedicado a la ganadería, en las cercanías del Río Solís Grande.

El Río Solís separa los departamentos de Canelones y Maldonado, y su desembocadura al Río de La Plata es famosa por las peligrosas corrientes que se forman de manera imprevista, sorprendiendo tanto a turistas como lugareños y causando un índice de mortalidad por ahogamiento, muy elevado. Los conocedores del río dicen que las corrientes forma una especie de tirabuzón que te chupa y te hace recorrer varios kilómetros bajo el agua hasta que te deja ir, ya muerto, por supuesto. Dicen que es como un gusano gigante que si te atrapa..., estás perdido ya que ni el más avezado nadador podría escapar de sus frías y húmedas garras. Incluso le han puesto un nombre, pero este cuento tendrá que quedar para otra oportunidad, ya que no es el foco de esta historia.

El campo del padre de Roque está lejos de la desembocadura a unos tres kilómetros. Allí el agua es mucho más tranquila y si bien Roque tiene prohibido bañarse sin la supervisión de sus padres, se le permite ir hasta el río a jugar. Mejor correteando en el río que molestando a sus hermanos, pensaban sus padres.

A Roque le encantaba ir al río, cada vez que podía se dirigía hasta allí después de una caminata de veinte minutos a través del campo. La razón era muy clara, en las orillas del río había un gran cangrejal. Una comunidad de decena de miles de cangrejos. ¡Allí Roque podía dar rienda suelta a su naturaleza violenta! Y munido de un buen palo de madera recogida en el monte cercano, atacaba a los pequeños crustáceos con saña verdaderamente asesina, diezmando la población de cangrejos. El primer día de verano en el campo, en particular, era un día que Roque disfrutaba sobremanera ya que luego de casi un año sin ataques, los cangrejos confiados, volvían a retozar al calor de la playa y esta se encontraba atestada de estos pequeños y pinzados animales. Ese día, él tomaba la precaución de ir a hurtadillas hasta el borde mismo de la playa, protegido por la vegetación de forma de tomar por sorpresa al mayor número posible de cangrejos.

Pero este año fue distinto de los últimos cinco, ya que él desde los nueve que practicaba este “deporte”, como a él le gustaba llamarlo. Este año la playa estaba desierta, completamente desierta… No había ni un solo cangrejo, ni cerca ni lejos. Sorprendido comenzó a recorrer la playa en incluso se metió al agua en busca de las bocas de sus cuevas ¡pero tampoco encontró nada! No podía ser… ¡Como habían sido capaces de abandonarlo! ¡Qué desconsideración tan grande! ¿Y ahora que hacía con toda aquella violencia acumulada que tenía en el cuerpo? No le fue difícil volcarla contra las gallinas, alguna oveja, sus hermanitos (pobres víctimas de hoy y de siempre) e incluso contra su madre, una vez que llegó de regreso a la casa. Toda esa frustración al no encontrar a los cangrejos se transformó en una rabia incontrolable que desató sobre su familia como un huracán de viento y arena. Solo su padre pudo controlarlo en la tarde cuando volvió de trabajar.

 

-No, los cangrejos no desaparecieron. Sólo se mudaron… -contestó el padre ante la consulta de Roque sobre la extraña desaparición de los crustáceos.

-¡¿Se mudaron?! ¿Cómo que se mudaron? –preguntó desesperado, imaginando que sus días de masacre ya nunca volverían a repetirse. – ¿A dónde se fueron?

-No se fueron lejos, están en el recodo del río, ahí donde está el islote, un poco más tierra adentro…

-¡En el recodo, claro! –dijo sabiendo perfectamente a qué lugar se refería. No estaba lejos simplemente había que tomar hacia la izquierda en el Eucalipto en vez de seguir de largo. La vida pareció volverle al cuerpo…

-Por cierto que es muy extraña esta migración de los cangrejos. Desde siempre estuvieron en la orilla este del río… No soy un entendido pero todos los lugareños opinan lo mismo: ha de haber aparecido algún depredador natural para provocar ese hecho en la comunidad de los cangrejos. Pero no me imagino cuál pueda ser. No se ha visto ningún ave o animal nuevo por la zona…

 

A la mañana siguiente, en cuanto pudo abandonar la casa se dirigió nuevamente al río y al llegar al Eucalipto dobló a la izquierda. Durante la caminata se las arregló para conseguirse un palo de buen tamaño, que fue pelando de corteza y pequeñas ramitas. Quería estar pronto para que, al llegara a la orilla saltar sobre los desprevenidos animales y darles esa masacre que el día anterior habían salvado. Iba contento, como quién va a la heladería…, o como aquel que va a subirse a un juego en el parque de diversiones, con la panza cosquilleándole y los nervios a flor de piel. Así iba Roque, feliz al encuentro de sus cangrejos como si de una novia se tratara, sólo que en este caso a la otra parte, los cangrejos, no les espera nada bueno…

Pero no fueron los cangrejos los sorprendidos al llegar a la orilla Este del río si no Roque mismo… Y es que no había ni un sólo cangrejo retozando al sol en la orilla. Estaban todos en el islote, tal cual se lo había contado su padre la noche anterior.

 

-¡Maldición! -¡Están todos en el islote!– exclamó en muchacho. ¡Maldición, maldición…, maldición! –volvió a gritar dejando escapar su frustración y la rabia que comenzaba a ganarlo. Esto era peor a que hubieran desaparecido… Ahora los podía ver, estaban al alcance de su mano, mas no los podía alcanzar… Los cangrejos parecieron reconocer la voz de Roque y recordar (si es que es posible que un cangrejo tenga memoria) que esa voz, o más bien que el emisor de aquella voz no venía con buenas intenciones, ya que muchos de ellos lentamente y caminando de costado como es su principal característica, se fueron metiendo dentro de sus cuevas de barro, bajo el agua.

 

Roque quedó en la orilla maldiciendo y despotricando por un buen rato hasta que se dejó caer impotente sobre la húmeda playa de arena y barro.

 

-¡Malditos bichos! Si pareciera que hasta se dieran cuenta que estoy acá y se estuvieran burlando –se quejó y luego hizo de cangrejo -¡No puede, no puede, Roque no pude alcanzarnos…! ¡Malditos bichos! Pero si creen que esto va a quedar así están muy equivocados…

 

El muchacho tenía muy presente la prohibición de entrar al río sin la supervisión de algún mayor, y él tampoco es que fuera muy obediente que digamos… Pero también tenía muy claro que la profundidad de la lengua de agua que separaba el islote de la orilla era muy llana y la distancia de apenas veinte metros. En la parte más profunda podría llegar a los 30 centímetros como mucho y había partes en que era tan llanita que los cangrejos, parados en las bocas de sus cuevas, sobresalían del agua y parecía que nadaban sobre ella. El único problema era que el fondo del río era puro barro (razón por la cual allí vivían los cangrejos) y era muy difícil caminar para llegar a la parte firme y seca de la isla. Pero había visto a los chicos del lugar, cruzarlo flotando sobre el agua e impulsándose con las manos en el fondo.

No lo pensó dos veces, ya se lo había imaginado y ahora el impulso era irrefrenable. Tomó el palo que tan pacientemente había pelado y se dirigió hacia el agua.  A medida que se internaba en el agua, el suelo de la playa compuesto por arena y barro, dejaba lugar solamente al barro y ya a los pocos metros de la orilla comenzó a hundirse hasta la pantorrilla. Al hecho del suelo barroso, hay que agregarle que en ese preciso lugar y justamente por la presencia de los crustáceos cascarudos, el suelo es un verdadero queso gruyere a causa de las infinidades de galerías que éstos bichos construyen bajo el suelo del río. Es por eso que unos metros más adelante, comenzó a hundirse prácticamente hasta la rodilla y no sólo eso. Con cada paso que daba podía sentir decenas de cangrejos morir aplastados en sus cuevas por su causa. Sentía perfectamente como sus cuerpos cascarudos se quebraban como nueces con cada uno de sus pasos. Esto en vez de causarle una sensación de asco, le dibujó una sonrisa de satisfacción en la cara. ¡Ya había comenzado la masacre…!

 Llegó un momento en el que ya se hacía imposible caminar, el barro parecía intentar detenerlo y al intentar sacar cada uno de sus pies al caminar se producía un efecto de vacío que para quebrarlo tenía que hacer un gran esfuerzo… Decidió entonces flotar sobre el barro ayudándose con sus manos para avanzar, como había visto hacer a otros chicos, años atrás... Ahora su cara estaba prácticamente en la superficie del agua y podía ver, en la parte más llana del trayecto a muchos cangrejos que ahora estaban casi a su altura. Extrañamente los cangrejos no se hundían dentro de sus cuevas al verle pasar, si no que lo seguían con sus ojos retráctiles atentamente. Esto le llamó la atención, estaba acostumbrado a que corrieran desesperados de costado cada vez que aparecía en la playa. Supuso que el cambio de conducta se debía a que ahora estaban en su elemento.

¡Bah! ¡Qué diablos me importa lo que hagan! –pensó. –Igual cuando llegue a la playa y me pueda parar los voy a destruir con mi palo… 

Y entonces le pareció sentirlo..., como un pequeño pellizcón en el muslo derecho. “No, debe de haber sido el raspón contra alguna ramita del suelo” pensó desestimando completamente la posibilidad de que alguno de aquellos inofensivos animalitos, se hubiera atrevido a pellizcarlo a él, justamente a él, el dios destructor de los cangrejos… Pero enseguida volvió a sentirlo… ¿Podría ser posible que hubiera un cangrejo que lo estuviera pellizcando? Antes de que pudiera volver a cuestionárselo recibió tres pellizcones más, y la respuesta a su inquietud vino de la forma más violenta que él se hubiera atrevido a imaginar. De repente cientos, ¡no miles! de cangrejos se lanzaron sobre el ahora indefenso Roque convirtiendo esa parte del río en un hervidero de sangre y muerte. Miles de pellizcones comenzaron a descarnar al muchacho que no entendía lo que pasaba y no tenía cómo defenderse… Intentó erguirse pero se hundió más en el barro, tampoco podía nadar o sumergirse para escapar de aquella carnicería. Solo atinó a gritar, a gritar tan fuerte como sus pulmones le permitían. Y su grito se extendió por sobre la superficie del agua pero pronto comenzó a extinguirse al llegar a la vegetación más pesada del campo. Siguió gritando desesperado hasta que un cangrejo, más osado que el resto se introdujo en su boca y de un solo pinzaso, le extrajo la campanilla limpiamente. Y se movió como un loco, pero con cada movimiento se iba hundiendo más y más en aquella trampa de barro y agua…

 

Al mediodía, la madre de Roque se cansó de llamarlo para que fuera a almorzar, mientras en el río, los cangrejos había ya dado cuenta del infeliz de cual emergía de la superficie tan sólo su pié izquierdo. Pronto su osamenta quedaría completamente hundida en lo más profundo del barro y pasaría a formar parte de la interminable red de galerías subterráneas de los cangrejos.

 

Ya nunca nadie volvería a saber del pobre Roque y su violenta naturaleza juvenil…

 

 

Un consejo: no maltrates, ni lastimes animales por diversión… No importa el tamaño ni la utilidad, uno nunca sabe cuándo te la van a devolver.

Y otro: Si están por el río Solís, no se metan al agua en la zona del cangrejal, podrían no volver a salir jamás!!

Y otro más: si se bañan en la desembocadura tengan cuidado con el “Gusano Cristalino”, podría atraparte y morir ahogado… Pero eso es otra historia...


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